miércoles, 28 de mayo de 2014

Buenos Aires melting pot.


Me gusta vivir en Montevideo, pero si el tiempo pasa y no he ido a México, cruzar el charco  y  alimentar al bicho de gran ciudad que habita dentro de mí, consentir a esa cucaracha urbana, me resulta casi vital. Así fue que aproveché la visita que mi mamá y hacia allá nos fugamos por un par de días, así nomás, a visitar amigos.

El martes, segunda y última jornada de mi brevísimo viaje, viví Buenos Aires desde un lugar que me dejó ver algunos rasgos profundos de la identidad porteña. Acompañé a mi amiga Liane a la Dirección Nacional de Migraciones para tramitar el DNI de su largamente octogenaria madre. Aquel imponente edificio es el mismo que recibió a los tantos y tantos barcos cargados de las personas que hoy conforman la Argentina, el mismo edificio que albergó el Hotel para inmigrantes y que hoy funciona como museo, el mismo lugar en el que montones de extranjeros buscan hacer de Argentina su hogar y confirmar que parte de la riqueza de este país es el crisol cultural que aquí se da.

Tuve la dicha de romper con la premisa de que el porteño no es amable: ¡Qué caballero el custodio que nos indicó los pasos a seguir del trámite! ¡Qué disposición la de la funcionaria pública que le cedió su lugar de trabajo a Virginia y luego, cariñosamente, dedo por dedo, la encremó para que sus ya gastadas yemas tomaran la tinta y pudiera imprimir sus huellas! ¡Qué eficiente y  poco protocolario el otro muchacho que no invalidó el trámite por la falta de uno de los documentos y se tomó la molestia de subir y bajar media docena de veces aquellas escaleras para conseguir una prórroga! ¡Qué simpática la chica que nos vendió el café en su mesita llena de termos y vasitos de espumaplast para hacer más amena la espera!... ¡Y qué emocionante leer la cartelería informando que todo inmigrante tiene derecho a educación gratuita y asistencia médica, invitando a todos a exigir sus derechos laborales, a tener una vida digna! ¡Y esa sencilla pero impactante muestra fotográfica de la labor de impositiva para regular tantas situaciones de empleo irregular muy cercanas a  la esclavitud!  El esfuerzo está hecho para que a uno no le tome más de dos horas el trámite, todos atienden eficientemente y  con una sonrisa que ni empleados públicos me parecieron.

Si aquellas oficinas eran un mundo de gente, las calles alrededor también. A leguas se notaba la franca mayoría de bolivianos, de peruanos, de paraguayos, seguidos de orientales. Ni bien llegamos mi amiga se percató de que no había traído las fotos requeridas, pero tomar el auto de nuevo y salir en busca de una tienda implicaba perder el turno. Y ese custodio amable intervino en la puerta del edificio: que las fotos eran indispensables, que cruzáramos nomás la calle y que ahí encontraríamos donde resolverlo, que no nos preocupemos por nuestro lugar en la fila, que no era necesario que señora de tan avanzada edad se tomara la molestia. Virginia, tomada del brazo amoroso de su hija, esquivó todos los accidentes de la vereda rota y cruzamos aquella anchísima avenida que nos llevaba a un pasaje peatonal muy venido a menos. Ella iba como ausente, con paso  lento pero digno, como recordándole al viento la dama que fue y es. Sus tantos años de vida ya la habían acercado a muchas otras oficinas de muchos otros países para hacer el mismo trámite pero no sé si le habría tocado la mágica experiencia de pararse un día frío, con la lluvia a punto del quiebre, en plena calle, contra un muro grafiteado,  y tomarse su foto carné. Ni bien entramos al callejón, el espíritu de una ciudad grande y diversa se me coló por la nariz, por mis ojos, por mis oídos, por mi piel. Aquí y allá se entrecruzaban los gritos de todos esos buscavidas, en su mayoría mujeres: “chipá, chipá! Tengo sopa paraguaya, humitas, empanadas!”, “Pásele, pásele! Coma acá su arrocito con pollo!” “fotos ,fotos, fotos! Tómese acá su foto de calidá!” Los acentos, los colores de piel, las sonrisas enredadas, los pasos apresurados, las pausas merecidas, los antojos cumplidos, las nostalgias preparadas en la calle. Lo mejor de todo es que había salido sin desayunar de casa. Mientras Virginia se tomaba la foto, husmeé alrededor y compré dos chipás mas una humita de choclo bien grandota para compartir a pellizcos con mi mamá y con quienes se animaran a probar  lo de que aquellas canastas salía.

Regresamos a las oficinas. Hermoso ver gente más negra que el negro, chinos, gitanos, indígenas, rubios. Pero los pies me hormigueaban por salir y ver un poco más. Salí, pero antes  me metí al museo… ¡cuarto piso por escalera! Escaleras de mármol, gastadas en sus bordes, hundidas y boleadas de tantos años de subideras y bajaderas. Aquellas fotos de hileras interminables de catres, de hombres, mujeres y niños con un saco sobre sus hombros como única pertenencia… y busqué las computadoras, con la esperanza de tal vez encontrar a mi bisabuelo. Pero, aunque yo entré como Pedro por su casa, el museo estaba cerrado, preparándose para la inauguración esa de una exposición sobre los años ochenta y no había sala de cómputo abierta.

Y volví al callejón, ahora con mi mamá, para conversar con los de las fotos. Su espíritu de lucha me había tocado y sentía que valía la pena decírselos. Él, colombiano de Bogotá, toma las fotos y grita su anuncio; ella, peruana de Chimbote, sostiene con sus brazos en alto la cortina blanca doblada en cuatro con la que logra el fondo profesional requerido, y también grita su anuncio: “Foto carné, foto carné! Saque aquí su foto carné!”. Sacan el chip, lo introducen en una impresora portátil, si no sales linda te la vuelven a tomar, la recortan, ensobretan cobran… ¡gran solución para un montón! Nos colmamos de sonrisas, nos despedimos de beso y abrazo y regresamos a las oficinas de Migración.

De ahí a almorzar a Las Violetas y disfrutar del trato de esos meseros impecables, pulcros y amables, esos de oficio y tradición que me sirvieron mi trucha Patagónica. Luego de la comida, un cigarrito bajo la lluvia tenue, pero al cobijo del toldo del restaurante y dejarme sorprender con uno que otro alegre piropo de los conductores que por ahí pasaban.

Regresamos por la valija a Bella Vista y seguía lloviendo, pero insistimos en  evitarles la molestia de regresar a Buenos Aires. Así que nos dejaron en el tren San Martín para la fácil misión de llegar a Retiro, cruzar la calle, tomar un taxi y subirnos al barco. Y la odisea se vio venir cuando el tren comenzó a entrar a Retiro a las 6:00 y al fin abrió las puertas para que bajáramos a las 6:10. Un mar de gente nos inhabilitaba correr la interminable distancia que nos separaba de la calle. La lluvia era poca pero constante, so suyo no era lo duro sino lo tupido. La tarea de esquivar gente, charcos y pisos rotos hacía demasiado complicado pensar en abrir, además, el paraguas. Mi mamá, desbocada, se hacía paso delante de mí. Yo no la perdía de vista y trataba de que la valija no fungiera como ancla en mi avanzar. Al fin afuera en la calle, realizamos que había tanta gente como adentro, obvio: hora pico, ya sin luz y lloviendo. ¡Qué calles anchas que tiene Buenos Aires, che! Sólo sabíamos que debíamos cruzar la avenida y de aquel lado tomar un taxi hacia la terminal de Buquebus… ¿taxi? ¿Qué taxi? ¡Dónde se metieron los tacheros el día de hoy y con nuestro barco que zarpa en veinte minutos! Yo en una esquina, mi mamá en la otra,  preguntamos, corremos, saltamos, nos mojamos, confundimos y nos confunden… unos indican que la terminal queda a la derecha, otros que para arriba, todos dicen que demasiado lejos como para llegar caminando, otros que corramos. Divisamos otra avenida y hacia allá nos dirigimos. Arrastro la valija sobre charcos, sobre lodo, sobre tierra y a veces, sin querer, sobre otros pies… ningún taxi, o tal vez alguno pero siempre ocupado. Corremos a una estación de servicio, voy hacia uno de los empleados, no saben dónde llamar o cómo parar un taxi… que esperemos a ver si entra uno a cargar nafta, que a ver si está vacío, que a ver si nos quiere llevar. Mi mamá me alcanza, sólo pasaron dos por la avenida  y llevaban pasajeros. Ella escanea la pista, se detiene en un joven de traje con pinta de yupi de la bolsa de valores que se encuentra abriendo su tanque y hacia allá se dirige. Le explica, le suplica, le exige y le ofrece ayudar con cien pesos para la gasolina. El yupi es humano, argentino y buena onda. Acepta la plata, nos subimos y nos lleva a la terminal.

Y llegamos triunfales, mojadas y llenas de risa cinco minutos antes de que cerraran la admisión. La chica del mostrador, una muy eficiente rubia de pomo, tranquilizó nuestras prisas y nos deseó buen retorno. El señor de migración, serio conmigo y risueño con su compañera, juntaba las cejas preguntándome si me habían registrado al entrar, y tras algunos artilugios que me hicieron sentir algo incómoda, pidió me pare ante la cámara y presione mi pulgar contra el scanner. Sin alzar la vista me deseó buen viaje y pasó mis documentos hacia su izquierda, donde estaba sentada su compañera armada con termo y mate, poniendo en evidencia qué lado correspondía a qué país. Largué mi observación con desperpajo y el hielo se rompió de inmediato cuando los dos lanzaron la carcajada. El argentino  preguntó por el origen de mi apellido y al parecer la respuesta fue la acertada: se levantó con una enorme sonrisa y sacó efusivamente la mano por entre el pequeño espacio que permite la mampara de vidrio. Nos estrechamos las manos con un apretón, nos reconocemos hermanos libaneses y nos deseamos buena vida.

El mundo está lleno de gente que deja su barrio, no?

sábado, 2 de noviembre de 2013

Muerte sin funeral

No pues ahora sí que la pelona me agarró por donde menos pensaba, ¡esto de que se me presente la muerte así como así en un trozo de taco nomás no tiene madre, verdad de dios! Si por lo menos se hubiera esperado a que termine mi cafecito! El pedazo atravesado en el cogote no me dejó ni gritar por ayuda, yo nomás pelaba los ojos y con la poca fuerza que me quedaba manoteaba a ver si Doña Lencha me veía. Pero ella andaba muy atareada y nomás no me vio… como tampoco me vio el Flaco, ni los cuatro o cinco clientes que sí pagan... no como yo, que desde hace años me arrimaba todas las mañanas pa’ que me regalaran el desayuno, quesque para no arrancar a fumar  tan temprano con la tripa vacía, me decía Doña Lencha, ¡Ay! ¡La pobrecita de Doña Lencha! Para cuando se dio cuenta de que algo andaba mal conmigo, yo ya tenía una media hora fría! Todos creyeron que me había quedado dormida en la mesa como  un pajarito que clava el pico,  les costó imaginar que me había petateado ahí nomás, ¡Qué poca vergüenza la mía, caray! ¡Pagarle así tantas amabilidades para con esta vieja achacosa!. ¡Y cuando vi cuántos esfuerzos hacía el doctor de la emergencia para revivirme, hasta importante me sentí! Casi que me dieron ganas de escaparme de la mano de la huesuda y regresar a ese cuerpo tan,  tan, tan jodido… pero la verdadera verdad, la neta petatera  es que desde el primer momento de muerta me sentí requete bien: se me cayeron como 30 años de encima, huelo a jabón y no a meada y la única molestia en el cuerpo que ahora tengo es un latir constante y sonante en el cogote, que resulta mil veces más llevadero que el carraspeo constante con el que vivía. A final de cuentas me dictaminaron “muerte por  asfixia”, entiéndase “se atragantó con el taco”… ¡un taco asesino que ya nadie va a querer comerse en lo de Doña Lencha  ahora que se corra la voz!  ¡Ay Doña Lencha! Le oí desearme entre sollocitos mudos que la paz -al fin- sea conmigo…  ¡al fin la paz!… No, pos sí. Pensándolo bien sí era difícil andar juntando los pesitos por aquí y por allá. Ella me daba mi desayuno y Don Melchor me juntaba los restos de las pizzas para dármelos a eso de las seis de la tarde… y en el medio la pasaba merodeando la salida de los comercios pidiendo las moneditas que una a una se iban juntando para pagar la pensión y mi tabaco. También la pasaba en la plaza dándole a mis palomas los pedacitos de ayer bien desmenuzados, pa que rindan… por cierto, pobrecita La Pinta ahora que ya no la voy a ir a visitar. Ella entre todas las palomas era mi favorita, por fea. Un día la quiso agarrar un gato y de puro milagro logró escaparse, maltrecha, coja y tuerta… pero escapó. Ahora pareciera que las plumas le crecen por cualquier lado y la mirada que le sale por su único ojo rojo se te clava como navaja. Solo yo sé que su maldad es puritita ilusión óptica, que es buena la condenada, que nomás es fea y ya. Ojalá y haya un lugar como este para las palomas, un lugar donde viva el resto de su muerte como en su mejor momento…
Por cierto, ¿será que me va a tocar ver a todos los que se los llevó La Chingada antes que a mí? Porque vivo ya no me queda ninguno. ¿Qué será de mi Pancho? Hace tanto que no lo veo que sólo recuerdo su cara seria y con el bigote bien peinado de su credencial para votar. La guardé todos estos años envuelta en la única bufanda que le tejí en mi vida. Parece mentira que todavía guarde su olor… ojalá y no la tiren a la basura, le podría servir al Fego en la pensión. La bufanda, digo, porque la credencial  para qué la quiere. ¡Ay mi Pancho! ¡Tantos años arrastrando tu ausencia! ¡Tantos años lamentándome de que no me ni dejaras ni hijos, ni casita, ni dinero!... Cuando se fue, se llevó parte de mí… ¡algo así como media docena de tornillos! ¡Ah, cómo le gustaba el trago!
--Ya no tomes más Pancho –le decía cuando lo agarraba, --mañana la cruda va a ser tan grande que ya te conozco: te la vas a querer curar con más alcohol—
 --¡Ya pinche María! Mañana se me quita lo borracho, pero lo feo a ti quién te lo quita. –
Eso me dijo una noche… y a la mañana siguiente literalmente se lo llevó en tren, saliendito nomás del burdel que queda a lado de los rieles… quisiera ver si se le quitó lo de empinar la botella porque a mí lo fea y lo vieja… ¡Ay qué bien huelo, verdad de Dios! ¡Y qué bien me siento! ¿Qué no habrá por aquí un espejo?

Pero, ¿Dónde andarán todos? Esto está demasiado quieto. De seguro que deben de haber más muertos que vivos, ¿no? ¡Pancho, Pancho! ¡Dónde te metiste condenado mequetrefe! Ven nomás a enseñarme el camino y te dejo en paz… ¿o será que estás refundido en el infierno? No, pues mejor no vengas. No vaya a ser que te salgas con la tuya y me dejes peor. Eso de “contigo hasta la muerte” que aquí muera nomás.

lunes, 26 de agosto de 2013

Adiós a los cuadritos escoceses.

Ya está. Hoy me despido de los cuadritos escoceses. Hoy sólo lamento que use la  falda de secundaria en lugar del jumper de primaria porque de haberlo tenido puesto juro que lo rasgaría a los gritos, como los árabes de la peli que vi anoche.  Me buscaron, me buscaron y ya me encontraron: ni un día más en esta escuela. Juro que no voy a volver a pisar este patio podrido, tan cuadrado como las cabezas de estas monjas de narices respingadas que sólo se fijan en las formas.

Y la campana que no suena.

Miss Padilla sigue escribiendo. Va por la segunda tiza y ya borró dos pizarrones completos. Hoy no pienso  seguirle el ritmo, que lo hagan las otras mientras yo pienso que mañana martes me pondré mis cien pulseras de gomitas negras, mis ocho anillos, mis aros grandes y me delinearé los ojos. Nunca más revisarán si mi falda está cuatro dedos por debajo de la rodilla y las medias tapando cualquier indicio de carne. Ya no controlarán si traigo un listón que no sea o verde o azul o blanco, si mis aretes cuelgan o si traigo algo más que no sea una  imagen santa colgada. 

Y sobre mi pelo ahora mandaré yo. Nada pudieron hacer cuando me lo corté chiquitito y me rasuré las patillas. Hoy la superiora cree que ganó la batalla haciendo que me pinte el mechón decolorado con un marcador negro y me lo aplaque con su peinecito casto.

No sabe que con eso firmó mi partida y que mi silencio no era precisamente sumisión.

Las manos de mis compañeras deben estar entumidas. Ale me mira a cada rato de reojo  y a Gabi se le ve nerviosa. No entiende por qué no escribo.  Jugueteo con la pluma, dibujo una cadena de flores contra el espiral del cuaderno. Flechas,  corazones, mosquitas y mariposas de tinta invaden las hojas. Cada minuto que pasa me suma valor y asienta la certeza de que hoy es el último día…

Y la campana  suena.

Al suspiro colectivo se le  monta encima el rechinar de las sillas que se lanzan para atrás, los cuadernos me aplauden sin saberlo mientras se cierran,  las mochilas se abren, las cartucheras engordan. No miro a nadie. Con calma pero sin perder tiempo,  guardo todo lo que está debajo de mi banca y salgo del salón cubierta ahora  por una burbuja invisible que amortigua lo que pasa fuera de mí.

Bajo las escaleras como caballo desbocado. Tengo que llegar a su balcón antes de que salga. Esquivo al tropel de niñas bien peinadas que bajan hablando del chico que les gusta, del último capítulo de la novela, de los deberes para mañana.  Me paro frente a su omnipresente ventana y el patio me respalda. Fijo la vista sobre esas persianas que aparentan no ver, tomo aire, aclaro la garganta y dejo salir el canto desde mi ronco pecho:

-¡Nooo volvereeé, se lo juro por Dios que me mira,

El típico bullicio de la hora de la salida aminora, la sonrisa de mis amigas se hace sentir y mi voz lejos de temblar se afirma:

-Se lo digo llorando de rabia,

Una lástima que no haya previsto mariachi, ésta es por lejos la mejor serenata que haya dado, daré o me darán en la vida.


-Noooo volvereeeé!

Sólo hay una primera impresión.

Salió del cuarto de visitas vestido de traje y corbata.

-Ay papito, te vas a asar!

-De ninguna manera, estoy acostumbrado y el primer día quiero causar una buena impresión-, me contestó sonriente y ansioso por salir de casa.

-Oye papá, pero tu corbata está chorreadísima, está muy sucia.

-Bueno, qué  importa. Ahí en México tengo otras cuatro que ya llevaré a la tintorería, vámonos.

Sin más remedio le hice caso a su prisa y nos fuimos a la parada. Yo estaba feliz de tener por fin a mi papá de visita en Uruguay, de que él y la ciudad de Montevideo se conocieran. Algo del Río de la Plata había habitado en su alma desde siempre porque cuando le daba por cantar le brotaban tangos y milongas a la par de boleros y rancheras. Vestirse bien, ponerse guapo era lo natural en él porque su deseo profundo era enamorar los rincones y bares de esa ciudad.

Mientras caminábamos hacia la parada, papá me dijo acomodándose el nudo de la corbata:

-Fíjate, compré unos calcetines para el viaje y salieron defectuosos. Uno es más chico. Cuando me los probé sólo me probé uno y no me di cuenta, pero uno es más chico.

Ahí quedó el comentario hasta que llegamos a la parada y al sentarse se puso en evidencia que efectivamente el calcetín derecho era notoriamente más corto, dejándole visible buena parte de la pierna. Papá me mostró:

-Mira qué chistoso, ¿ves? Este es más chico, ¡salió defectuoso!

Comencé a tocar el calcetín para descubrir dónde estaba la falla. Lo habrían tejido doble porque no tenía el remate del borde.  Seguí avanzando con mis dedos por adentro del calcetín y luego por debajo de su pié... hasta que lo encontré.

-¡Pero Papá! Mira, aquí está el borde de tu calcetín, ¡te lo pusiste doblado en dos!

 Mientras se lo subía entre risas, le hice notar una segunda falla:

-¡Mira papá! ¡Otra falla! ¡Tiene un huevo por el empeine!

-¡Válgame, pero qué cosa!-, dijo sorprendido mientras acomodaba el talón en su debido lugar, -¡ya no se fabrica como antes!

jueves, 22 de agosto de 2013

Misas y miserias

Somos muchas,  demasiadas. Del gigantesco atrio de la Basílica de Guadalupe se levanta un bullicio de niñas formado por los colegios católicos de la ciudad. Somos un ejército limpio y uniformado cargado de oraciones y venimos dispuestas a  sacar a cuanta alma del purgatorio podamos, aunque eso signifique poner en jaque al mismísimo  San Pedro poniéndolo  trabajar a marcha forzada.  ¿Cómo será ese lugar entre los jazmines del cielo y el azufre del infierno? ¿Cómo se manejarán en un día como hoy con tanta mudanza? ¿Sacarán numerito como en la fiambrería? ¿Lo harán  por sorteo con pelotitas numeradas de Bingo? ¿Nuestros rezos son ese  punto extra que hace la diferencia en su examen de ingreso?

Me duelen las piernas. Ya estoy fastidiada de esperar  a que termine la misa antes de la nuestra. Hay demasiado de todo. Deseo liberarme del sol y del vapor cargado de polvo, sudor y sangre que se eleva desde ese piso húmedo donde el pueblo mexicano arrastra sus súplicas y agradecimientos a la morenita más querida. A pesar del intenso zumbido de voces que me envuelve como si estuviera en el interior de un gran panal, los ecos en tonos graves del cura, seguido por los cánticos agudos y lastimosos de las guadalupanas, salen de la basílica y revolotean sobre nosotras. Mi clavel blanco ya no está tan derechito y por lo que veo los de mis compañeras también sufren la prolongada espera entre manos sudorosas. Ya quiero entrar al refugio de sombras atravesadas por la luz dorada de sus lámparas colgantes, quiero que el copal y las flores me saquen este olor a sacrificio enredado con el de tacos, fritangas y  smog que ruge desde las entrañas de la gran ciudad.

Mis ojos recorren  con pausa las puertas con sus mendigos y me detengo en ella.

Es una india joven de piel curtida. Su rebozo roído le cubre el pelo y parte del rostro. Su montoncito de huesos está arrejuntado  contra la pared y sobre sus muchas faldas sobrepuestas, apoya a un bebé de la edad de mi hermana Vanessa que todavía ni camina. Ahora me doy cuenta que es de ahí de donde viene el llanto que percibo desde hace rato. La mujer mantiene en alto una lata y la sacude esperando que caiga alguna moneda más. A su costado descubro otro niño. No debe tener más de dos años. Él duerme sobre el piso hecho un ovillo, parece un cachorrito roñoso que se confunde con las piedras, con el piso, con la mugre. Pero el bebé no para de llorar por más que la madre lo sacuda. Ella deja su lata, mete la mano entre su espalda y la pared, saca  una bolsa de papel de estraza toda arrugada  y manoseada que contiene algo no tan bueno como el pan. De un soplido la  infla como globo  y con ella le cubre la boca y la nariz a su crío. Lo arrulla contra su pecho,  le canta una canción que probablemente aprendió en el campo y el pequeño cuerpito otrora tenso se relaja y calla. Aprendo otra lección fuera de la escuela: el cemento no solo pega, también engaña al hambre.

Sumerjo la nariz en el clavel mientras mis lágrimas lo refrescan. Mi corazón acelerado lo silencia todo y me doy cuenta que el infierno vive en la mismísima puerta de la iglesia.

martes, 23 de abril de 2013

Desde Líbano con amor


Mi nombre no es capricho, responde a mi cuarto de sangre libanesa. Aunque no conocí a mi abuelo, ni a un tío o tía o primo que hiciera tangible mi origen, mi abuela mexicana aprendió a cocinar keppe, tabule y demás exquisiteces por amor. Como buena matriarca, ella le enseñó a mi mamá y mi mamá, junto con mi abuela,  me enseñaron a mí. Recuerdo como si fuera ayer las tardes en la cocina desgrasando y cortando chiquitito, codo a codo con mis primas y hermanas, la carne de cordero. Su olor en crudo me hacía retorcer las tripas pero una vez sacado del horno no podía parar de comer. Nunca vi alguien  tan veloz como mi mamá para picar la hierbabuena, el perejil y la cebolla para el tabule... hoy domino la técnica y gustosa me aventaría un reto con ella para ver si la aprendiz superó al maestro. El aroma a limón, a ajo y cebolla, el jocoque, los dátiles y las aceitunas negras estaban tan presentes en casa como el maíz, el frijol o el chile.  Pero de mi origen libanés sólo tengo el nombre, un apellido y mis rasgos, los aromas y sabores de su cocina y los cuentos que mi madre y mis tías me hacen de su padre emigrante... debí haber dicho tenía, porque hace tan solo tres semanas esta realidad cambió.

Mi mamá tenía mucho tiempo con el sueño de ir a la tierra de su padre, de conocer Líbano, de visitar Jezzine, de hacer verdad el pueblo originario de los Rashid y, tal vez, encontrar familia... quién sabe, todo es posible. Las guerras, la economía las configuraciones familiares y demás circunstancias de la vida quisieron que fuera  hasta hoy que tiene 68 años. La idea era que fueran las tres hermanas pero sólo fue posible que la acompañara mi hermosa tía Alma.

Y emprendieron la aventura de sus vidas estas dos Señoras hacia aquel Medio Oriente tan lejano y tan ajeno como tan próximo y propio. Llegaron dueñas de una sola pista: una carta escrita hace cincuenta años en árabe con la dirección del remitente. Ni bien llegaron a Beirut se pusieron manos a la obra. Así que se hicieron de un taxista que las llevara a la dirección indicada y pudiera en algo servir de traductor.

Cincuenta kilómetros después, llegaron al lugar: una tienda de cuchillos hechos a mano donde adentro se encontraba el dueño. Luego de interminables gestos, señas, palabras en inglés, francés y árabe, el desconcertadísimo viejo encontró la punta del hilo del cual tirar. Fue poco a poco atando los cabos, haciendo conclusiones y remontando hacia atrás para encontrar a aquel familiar de nombre Habib que hacía algo así como cien años se había ido a América y que nunca más regresó. La luz se fue haciendo de a poco, pero cuando se hizo, los iluminó a todos. Una vez reconocidas como la familia perdida, se aseguraron de no volverla a extraviar nunca más. Sucedieron de ahí innumerables banquetes en honor a las viajeras y visitas a los lugares más significativos en la historia de mi abuelo. Les enseñaron de la mano en qué cañada se tiraba a descansar aquel joven pastor de ovejas, sobre qué risco quedaba la casa donde creció y sobre qué campos jugaría.  Las familias se tironeaban para agasajarlas con sus manjares caseros y como frutilla de la torta aparecieron un puñado de amorosas sobrinas que colmaron con besos y cariños a aquel par de valientes cabecitas canosas. La ilusión de encontrarse con su pasado fue tan altamente rebasada que regresaron con todo un presente y un futuro no solo para ellas sino para todos los que orgullosos descubrimos que no somos Rashid sino Rached.

No tengo idea qué regalitos maravillosos haya recolectado en los mercados de Líbano y mas tarde de Turquía, de lo que sí estoy segura es que el mejor y más grande (claro, después del hallazgo familiar) es que se haya amistado con la tecnología y llevara consigo un Ipad con el que tomaba fotos y mandaba todos los días acompañadas con una pequeña reseña. Fue como si me hubiera llevado a mí también. Durante estas tres últimas semanas he viajado a su lado, palpitando con ella sus descubrimientos y despertares. He esperado con ansia sus noticias ilustradas del día... hasta ayer que "regresamos" a Los Angeles y "estamos" visitando por un par de días a mi hermana Vanessa.

Y las buenas noticias, las alegrías no terminan sino que se multiplican: ella llega a México para reciclar valijas y en tan solo cinco días más la tengo por aquí completando las piezas del puzzle con sus cuentos en vivo y en directo... ahora tengo la oportunidad de aprovechar esta racha de energía e indagar la segunda parte de la historia de los Rashid (ahora Rached), un eslabón perdido que nos vincula, curiosamente, con Necochea, Argentina.

domingo, 31 de marzo de 2013

Reglas hospitalarias



Podíamos ver los jardines del hospital a través de los barrotes de la reja y si nos esforzábamos un poco, alguna puerta  que tal vez perteneciera al cuarto de mamá. Parece que en aquel entonces la ciudad de México era un lugar seguro porque mi papá nos dejó a las tres esperando afuera: --No se permiten niños adentro, quédense aquí tranquilas y por ningún motivo vayan a cruzar la calle.--  Y desapareció sin la pesadumbre que a mí me hubiera invadido si hoy yo dejara a mis hijos en la vereda.

El trío de las hermanas Herrera era bastante compacto. Lorena se había ganado los apodos de Llorena y Miorena a punta de melodramáticas lágrimas y de hediondos colchones echados a perder, mientras que la complexión adobe de  Pabola nos había inspirado un cántico en voz grave y amenazador que advertía su llegada: “¡Pabola la bola, la bola Pabola! A mi me decían La bruja, aunque no me queda claro si por mala, por los alambres indomables que tenía por pelo o por alguna terrible combinación de ambos. Lejos estábamos de ser un armónico trío: yo molestaba a Lorena, Lorena me molestaba a mí, juntas le complicábamos la vida a Paola y así hasta agotar todas las combinaciones posibles.  Pero a pesar de los pleitos, conocíamos nuestra dinámica, cabíamos mas o menos bien en el asiento trasero del auto, cada una tenía su lugar en la mesa  y, por sobre todas las cosas,  reinaba una relativa paz porque yo, como primogénita de 10 años, tenía mi propio cuarto.

Nunca nos hubiéramos imaginado  que siete años después llegaría un bebé a casa. Recuerdo el día que mi mamá se enteró de la noticia: ni el  árido aire de Calexico que tanto le gusta pudo secar sus lágrimas o consolarla. Habíamos viajado para pasar la navidad con la familia que tan lejos teníamos y se suponía que todo iba a ser alegría y diversión, pero esa mañana salió del baño con la prueba de embarazo en la mano como alma que lleva el diablo. Las fotos antiguas de ella y de mis tíos de cuando eran niños, las de las graduaciones  y bodas que cuelgan en el pasillo que hace de galería familiar en la casa de mi abuela, cimbraron al ritmo de sus enfurecidos pasos.  Ella no estaba triste, estaba enojada, rabiosa. Refunfuñaba a cada rato,  mascullaba protestas, salía a tomar aire y lloraba con el ceño fruncido. Esa nube densa y negra la acompañó durante todas las fiestas, pero una vez que regresamos a la Ciudad de México y pasaron los días, las semanas y los meses, se fue diluyendo hasta encontrarse otra vez con la alegría de siempre y mas todavía.  

Pero ahora estábamos las tres afuera del hospital, rehenes  de las reglas hospitalarias y locas de ganas por entrar. Las rejas negras recién pintadas eran demasiado altas para ser saltadas pero, ¿serían lo suficientemente angostas como para impedir que nos escurriéramos entre los barrotes? ¿Podríamos entrar sin ser descubiertas por el policía de la entrada y buscar a mi mamá con nuestra hermanita? Lorena probó meter  la cabeza y luego de un rato encontró el ángulo justo, pasó un hombro y al final estaba del otro lado. Yo tenía dos colitas altas amarradas fuertemente con ligas de bolitas rojas y, por más que intentara, ese par de cachos me hacían la hazaña imposible. Pabola con su gordura nomás no entraría. Decidimos hacerle caso a papá y quedarnos quietas… ¿quietas? ¿Cómo podíamos hacerlo si ahí adentro, en el mismo hospital donde nacimos las tres, estaba cautiva la bebita que pondría de cabeza nuestro orden, la cuarta integrante que me despojaría del cuarto propio, la tierna beba que se robaría las miradas de todos sin dejar ni un pestañeo para nosotras? Tomé a Paola con sus seis añitos y la empujé contra los barrotes. Su cabeza pasó sin problemas pero  esa barriguita llena de tortillas era cosa seria. Y yo la empujaba desde afuera mientras Lorena la jalaba desde adentro y aunque le exprimimos un par de lágrimas,  pasó. Si ellas cupieron, yo también cabría. Me arranqué las ligas y la melena cayó deforme sobre mis hombros pero por más que lo intentara, el año un mes que le llevaba a Lorena se dejó sentir más que nunca. En esas andábamos cuando mi papá me sorprendió atorada a medio pasar, --Si te vas a colar más te vale que lo hagas ya--, me dijo serio  con los puños apoyados sobre su cadera, luego soltó la carcajada que alivió la tensión y relajó los ojotes con que lo veíamos las tres. --¡Ssshhhh! Las espero del otro lado, escóndanse detrás del arbusto aquel--. Cinco minutos más tarde todos los miedos se diluían como terrón de azúcar tocando el té. La dulzura de Vanessa efectivamente cambiaría nuestras vidas. Con un beso le dimos la bienvenida y sellamos el lazo irrompible de las hermanas Herrera.