viernes, 4 de noviembre de 2016
Amor eterno
miércoles, 28 de mayo de 2014
Buenos Aires melting pot.
Me gusta vivir en Montevideo, pero si el tiempo pasa y no he ido a México, cruzar el charco y alimentar al bicho de gran ciudad que habita dentro de mí, consentir a esa cucaracha urbana, me resulta casi vital. Así fue que aproveché la visita que mi mamá y hacia allá nos fugamos por un par de días, así nomás, a visitar amigos.
sábado, 2 de noviembre de 2013
Muerte sin funeral
No pues ahora sí que la pelona me
agarró por donde menos pensaba, ¡esto de que se me presente la muerte así como
así en un trozo de taco nomás no tiene madre, verdad de dios! Si por lo menos
se hubiera esperado a que termine mi cafecito! El pedazo atravesado en el
cogote no me dejó ni gritar por ayuda, yo nomás pelaba los ojos y con la poca
fuerza que me quedaba manoteaba a ver si Doña Lencha me veía. Pero ella andaba
muy atareada y nomás no me vio… como tampoco me vio el Flaco, ni los cuatro o
cinco clientes que sí pagan... no como yo, que desde hace años me arrimaba todas
las mañanas pa’ que me regalaran el desayuno, quesque para no arrancar a
fumar tan temprano con la tripa vacía,
me decía Doña Lencha, ¡Ay! ¡La pobrecita de Doña Lencha! Para cuando se dio
cuenta de que algo andaba mal conmigo, yo ya tenía una media hora fría! Todos
creyeron que me había quedado dormida en la mesa como un pajarito que clava el pico, les costó imaginar que me había petateado ahí
nomás, ¡Qué poca vergüenza la mía, caray! ¡Pagarle así tantas amabilidades para
con esta vieja achacosa!. ¡Y cuando vi cuántos esfuerzos hacía el doctor de la emergencia para
revivirme, hasta importante me sentí! Casi que me dieron ganas de escaparme de
la mano de la huesuda y regresar a ese cuerpo tan, tan, tan jodido… pero la verdadera verdad, la neta
petatera es que desde el primer momento
de muerta me sentí requete bien: se me cayeron como 30 años de encima, huelo a
jabón y no a meada y la única molestia en el cuerpo que ahora tengo es un latir
constante y sonante en el cogote, que resulta mil veces más llevadero que el
carraspeo constante con el que vivía. A final de cuentas me dictaminaron “muerte
por asfixia”, entiéndase “se atragantó con
el taco”… ¡un taco asesino que ya nadie va a querer comerse en lo de Doña
Lencha ahora que se corra la voz! ¡Ay Doña Lencha! Le oí desearme entre
sollocitos mudos que la paz -al fin- sea conmigo… ¡al fin la paz!… No, pos sí. Pensándolo bien
sí era difícil andar juntando los pesitos por aquí y por allá. Ella me daba mi
desayuno y Don Melchor me juntaba los restos de las pizzas para dármelos a eso
de las seis de la tarde… y en el medio la pasaba merodeando la salida de los
comercios pidiendo las moneditas que una a una se iban juntando para pagar la
pensión y mi tabaco. También la pasaba en la plaza dándole a mis palomas los
pedacitos de ayer bien desmenuzados, pa que rindan… por cierto, pobrecita La
Pinta ahora que ya no la voy a ir a visitar. Ella entre todas las palomas era
mi favorita, por fea. Un día la quiso agarrar un gato y de puro milagro logró
escaparse, maltrecha, coja y tuerta… pero escapó. Ahora pareciera que las
plumas le crecen por cualquier lado y la mirada que le sale por su único ojo
rojo se te clava como navaja. Solo yo sé que su maldad es puritita ilusión
óptica, que es buena la condenada, que nomás es fea y ya. Ojalá y haya un lugar
como este para las palomas, un lugar donde viva el resto de su muerte como en
su mejor momento… lunes, 26 de agosto de 2013
Adiós a los cuadritos escoceses.
Sólo hay una primera impresión.
jueves, 22 de agosto de 2013
Misas y miserias
martes, 23 de abril de 2013
Desde Líbano con amor
domingo, 31 de marzo de 2013
Reglas hospitalarias
sábado, 18 de septiembre de 2010
Grito de libertad
martes, 17 de agosto de 2010
Cercanías
Vivo con quién conviven mis duelos,
Sueño con quién construyo recuerdos,
Parto con quién comparto mi fuego.
Busco al que se deja encontrar
Todos los días detrás de una taza de café.
Pienso al que vino,
Y también al que se fue.
Sobrepongo antaño y presente,
La esperanza llamada libertad,
Los recuerdos que susurran
la vida que vendrá.
Horizonte de cercanías,
Ilusión de simplicidad,
Lo lejano se hace presente:
Ya puedo bailar en paz.
miércoles, 12 de agosto de 2009
Un rastro perdido dos veces.
miércoles, 29 de julio de 2009
Cinco de cinco
martes, 28 de julio de 2009
Soledades
Hace ya algunas mañanas en la mesa del desayuno Sofía comenzó a llorar desde lo más profundo de su almita:
-¿pero qué te pasa?
Eran tantos sus lamentos, sollozos y suspiros que no lograba entender lo que trataba de decirme. Cuando logró calmarse un poquito me dijo levantando las palmas de sus manos hacia el cielo, meciéndolas con un movimiento de sube-baja que parecía estar pesando la gravedad del asunto:
-¡Perdí mi secreto y ya no lo puedo encontrar!
viernes, 17 de julio de 2009
La serenata
Esa noche no sería mi balcón de hierro forjado con geranios rojos el que iba a abrirse para recibir una serenata. Mi novio cumplía 18 años y semejante acontecimiento me daba la excusa perfecta para hacerle entender que a una mujer no se le saca de un brinco de la cama arrancando a punta de trompetazos con “El son de la Negra”. Yo me encargaría de enseñarle el sutil arte de sacar poco a poquito de los sueños al bien amado con un suave “Despierta, dulce amor de mi vida” o un “novia mía, novia mía” con más guitarra, violines y voz que otra cosa.
En un año y medio de noviazgo, su cajón con mis notitas, cartas, papelitos y regalitos no paraba de crecer; yo guardaba en el mío los boletos de los conciertos a los que íbamos, los boletos de los partidos a los que fuimos en el mundial México 86, las rosas que él me regalaba y que luego yo prensaba cuidadosamente en libros. Era un incansable e irresistible ir y venir de detalles y ocurrencias que nos tenían ajenos de todo que no fuera nosotros dos. ¡La original serenata no cabría en su cajón pero sería tan fantástica que se sellaría en su memoria para siempre!
Había ido el día anterior al centro en el uniforme de cuadritos escoceses del colegio a buscar un lugar donde me alquilaran barato un traje completo de mariachi. Combiné aventón, metro, pesero y camión para llegar a mi destino y regresé a casa como malabarista con la mochila, el sombrero y la bolsa con la falda, el chaleco, el saco, la camisa y la moña ya casi por caer la noche. Unas botas y mi trenza tirante para atrás completarían el atuendo que luciría como el colmo a la osadía de que una mujer le lleve serenata a su novio en plena época de Madonna, Cindy Lauper y Depeche Mode. Al mariachi ya lo había apalabrado unos días atrás cuando el mejor amigo del agasajado pudo conseguir auto y llevarme a la heroica y masculina empresa de elegir un conjunto musical de entre los 500 que se agazapaban en Plaza Garibaldi. Tenía que ser barato y que no desafinara tanto por tan poco. Luego de un par de tequilas y un desafío de ver quién aguantaba más tiempo prendido de la máquina que daba toques eléctricos, conseguimos a uno de seis elementos que nos pareció acorde y que aceptó lo que yo podía pagar. Acordamos la hora y el lugar de encuentro y regresé a casa a estudiar para el examen de matemáticas.
La tan esperada noche llegó. Aunque mi traje no tenía tantas luces, me sentía a la altura de Lucerito, Chabela Vargas o Rocío Durcal, ¡nunca antes me había puesto un traje así y ya me sentía la reina de la música mexicana! Varias serenatas recibidas e incontables parrandas en Garibaldi me habían inculcado una singular e inusual cultura popular. Correteé a mi mamá para no retrasarnos y llegamos con tiempo de sobra a la glorieta de Bosques. No se si era el frío, la ansiedad o la emoción pero yo temblaba de punta a rabo mientras esperaba apoyada en el auto, sombrero en mano, a los músicos. Antes de la hora acordada, una camioneta de vidrios empañados pasó a nuestro costado y pude distinguir que adentro se apelmazaban uno sobre otro hombres e instrumentos. Les hice señales pero siguieron de frente. Subí al auto y toqué desesperadamente la bocina. El chofer circundó la glorieta y por fin paró. El camino había sido largo y los músicos necesitaban estirar las piernas. Al verlos descender, la elegancia de sus trajes ataviados con herrajes plateados, me sorprendió. Pero cuando vi que no eran seis sino diez me alarmé: el tequila debió haber estado adulterado o los altos voltajes infringidos voluntariamente me habían dejado tarada porque éste era un Mariachi de ensueño muy diferente al que yo había visto y oído la otra noche. Mientras acordábamos el repertorio, una camioneta destartalada que se caía a pedacitos pasaba envuelta en una densa nube de humo una y otra vez. Los hombres en tierra la miraban con recelo y cuando decidió pararse a lado de nosotros me alegré de que sólo fueran músicos y no cargaran pistolas. El chofer bajó vestido también de charro pero con su traje bastante deslavado, ¡era otro mariachi: el mío!
Resuelta la confusión nos fuimos a casa de mi novio. Los toques sí habrían hecho un efecto negativo en mi percepción porque no me acordaba de que uno fuera tan gordo, otro tan flaco, otro tan viejo, otro tan tuerto y otro tan cojo. El amigo de mi novio llegó a tiempo con la botella de tequila y le dimos el trago de valor mientras mi mamá se hacía de la vista gorda. Los músicos afinaron lo mas discretamente que pudieron, me calcé mi sombrero y orgullosamente di la señal para comenzar a tocar.
Ya envuelta en la música, suave y melódica como debía ser, un dedo me daba suaves golpecitos en el hombro. Yo lo espantaba como a una molesta mosca, pero el dedo no paraba de insistir: “Señorita, señorita… ¡Señorita!”, ¿quién era el imprudente que intentaba sacar del trance del momento a la naciente Diva de la canción ranchera? ¡La puerta ya se estaba abriendo y yo a un segundo de hacer mi entrada triunfal! Sin más remedio giré rápidamente y de mala gana la cabeza: “Señorita, ¡trae usted el sombrero al revés!”
Mis ínfulas besaron el suelo cuando se puso en evidencia que parecía más el desorientado capitán de un barco pirata con su pintoresca tripulación.
martes, 14 de julio de 2009
¿A quién le dan pan que llore?
Se abre una puerta vaivén de dos hojas y hace su aparición un carrito alto que lleva varios pisos de más pan recién horneado: más trenzas, más marranitos y más picones salen de los hornos para nutrir la fiesta. El maestro panadero viste de blanco pantalón, blanca camisa remangada, largo mandil blanco y blanco gorro en forma de barquito blanco. Todo su ser emana y evoca harina, huele a levadura. Verlo es robarse un pedacito de los secretos que acontecen en las mesadas junto a los hornos del otro lado de la puerta. Por lo menos ahora sé quién pudo haber amasado. Su edificio rodante parece no traer mi pan pero sí está lleno de donas, y entre ellas las hay con grageas de colores (chochitos para los amigos). Las pinzas se apoderan al pasar de un ladrillo, un volcán, un ojo de buey y diez antojos más que sus nombres sabrá el panadero pero no yo. Luego una dona de estas, otra de aquellas y, por supuesto, la de chochitos que acomodo arriba de todo.
Las pinzas aplauden: la charola no puede estar más contenta y yo tampoco. Ya no importan los garibaldis, otro día será.
viernes, 10 de julio de 2009
La siesta
La Tía Amapola descansaba tranquila en la hamaca. Ahí, acostada a la sombra de los árboles del rancho, el calor se hacía menos. Caía bien tomarse unos días en la sencillez del campo: el horizonte claro, la naturaleza rústica y la casi soledad era lo que necesitaba para descansar de sus mil doscientos alumnos que tanto le exigían de lunes a viernes y de su madre que nunca en la vida supo darle tregua.
Ahí estaba, sola y tranquila entregada al arrullador sonido de los pastos meciéndose con el viento cuando un cascabeleo escalofriante se sumó al paisaje. La Tía Amapola abrió de golpe sus ojos y, dejándose llevar por algún adormilado instinto yaqui, los fue llevando hacia donde provenía el ruido. Con el cuerpo duro y el cuello torcido, se topó con lo insospechado: ahí, a veinte centímetros de sus carnosas caderas, descansaba con ella una víbora cascabel. No le hacía falta demasiada experiencia como para darse cuenta de que si ella intentaba incorporarse, esas carnosas pompas serían la puerta de entrada para el fatal veneno. Así que ahí se quedó, quietecita, aterrada y sola esperando el milagro de que alguien se apareciera.
De pronto, como un gran golpe de suerte, pasó no muy lejos de ella un campirano a caballo: Era uno de los peones del rancho que se encargaba del ganado que ya había visto un par de veces cerca de la casa. No se animó a gritar, no quería levantar la voz o algún movimiento brusco que pudiera despertar la amenaza que tenía debajo. Así fue como,, acostada como estaba, le chitó al hombre del sombrero:
-¡Pst, pst!
Primer intento fallido. Repitió la voz:
-¡Pst. pst!
Esta vez el charro se percató del sonido y buscó a quien le llamaba con tan inusual discreción. Descubrió, allá debajo de los árboles y echada en una hamaca, a una señora de mediana edad con una indiscutible pinta citadina. La señora le dedicaba una tímida sonrisa mientras se llevaba el dedo índice bien derechito al frente de la boca pidiéndole silencio. Una vez que aquietó al caballo, la dama retiró el dedo de su boca y formó con él un ganchito que se abría y cerraba como cuando alguien quiere decir “ven, ven, ven”. El campirano no podía creer su suerte, ¿de verdad debía acercarse y aceptar la invitación que la exótica mujer de hacía?
El hombre no reaccionaba con la rapidez que esperaba la Tía Amapola y no podía dejar que simplemente se siguiera de largo, ¡porqué no se bajaba del caballo! ¡Más información, necesitaba darle más información: Llevó por encima de su cuerpo el mismo dedo bien estiradito hacia la altura en la que se encontraba la víbora: la parte baja de su cadera. Luego, para indicar de qué bicho se trataba, metió y sacó repetida y rápidamente la lengua, Estaba tan orgullosa de su capacidad histriónica y tan segura de que todo llegaría a buen puerto que volvió a repetir una y otra vez, en una forma suave y rítmica las instrucciones con el dedo: avance en silencio, mire que debajo de mío tengo una víbora.
El desconcertado jinete vio pasar su vida en tres segundos. ¿Aquella mujer de falda ceñida, y pelo pintado podría estar proponiéndole a él, un hombre sencillo de campo, que le hiciera favores orales en tierras del patrón? ¿no estaba él para servir y obedecer? ¿el problema sería negarse o el problema sería el complacer? Muy lentamente bajó de su caballo y sin terminar de resolver sus dudas se fue acercando de a poquitos.
Su mente se despejó de golpe cuando la distancia se acortó lo suficiente como para descubrir que entre los pastos, justo debajo de ella, una víbora de cascabel tenía de rehén al la fuereña. Sintió los colores explotar de vergüenza en su cara y arremetió para salvar a su fugaz doncella de aquel maldito dragón rastrero.
jueves, 26 de marzo de 2009
Conversando
Anoche tuve insomnio.
Pensé que a mi me gusta conversar, ¡me encanta conversar! Lo creo un pasatiempo sumamente enriquecedor. Y cerrar el día conversando es hacerlo con broche de oro: un buen encuentro tiene el poder de dale la vuelta al universo, formular preguntas, encontrar respuestas o simplemente inspirarse, relajarse, recordar, olvidar… al fin y al cabo, los resultados son tan infinitos como los posibles temas!
Anoche, con los niños ya en la cama, Tom y yo nos tomamos un vinito e Iván acaparó la conversación. Lo describimos de pies a cabeza, lo reconstruimos en toda su constitución, lo hicimos palabra y la boca se nos hizo agua. Mi chiquito de cuatro añitos es largo, flaco y corrioso (divina palabra que no encuentro en el diccionario). Su cuerpo expresa a la perfección la cantidad de energía que carbura. Es ágil, movedizo, inquieto, escurridizo, curioso. Necesita mucho espacio y poca cosa para entretenerse. Todo lo quiere YA y no para hasta lograr sus objetivos. No llega al grado se ser hiperactivo (creo), más bien es un niño que vive con mucha, pero mucha intensidad. Su tiempo es el HOY – AQUÍ – AHORA. Parece que su misión de aprendizaje en la vida es la espera, la paciencia, el darle tiempo al tiempo, el lidiar con la frustración.
El caso es que cuando hablábamos entre babas de sus piernitas zambas y sus manotas, Tom lanzó un pronóstico:
-Iván va a ser muy grande, muy alto
Hay veces que las visualizaciones te pasan por el costado. Ésta vez más bien me chocó de frente: imaginé a Iván hecho y derecho, un muchachote de 18-20 años, grande y alto frente a mi. Me sentí mirándolo para arriba y tuve la fortuna de inclusive sentir su abrazo: ¿Mi hijo un hombre alto y grande? Me entregué a ese sentimiento de ser cobijada… algún día este chiquitito escurridizo aprendiz de Joudini al que tengo que amarrármelo entre mis piernas para ponerle los zapatos y que no se me escape, va a ser mas grande, mas alto que yo…¡más grande que yo! Dios conserve la ternura de mi niño porque muero de ganas de que me la regale cuando yo sea más chica que él!
lunes, 23 de marzo de 2009
La Malinche
La Gran Tenochtitlán vestía de luces y se había adornado con sus mejores joyas. Ríos de serpientes blancas y rojas la envolvían en un abrazo amorosamente asfixiante. Eran las 7:30 pm de un viernes en la ciudad más grande del mundo: mi cuna.
El viaje había sido insuperable: tomé vino, comí salmón, escribí, conversé con mi vecina y no llevé a nadie al baño, ni me preocupé de oídos adoloridos por descompensaciones, ni de pleitos por sentarse en la ventana. Estaba sola, sin hijos o marido, sola sobrevolando la Ciudad de México, mi México saturado, extremo, caótico y familiar.
Mi pecho no podía estar más hinchado de tanta felicidad, de tantas expectativas, de tanto alivio… de tanto alivio. Un gentío en la nueva terminal me acompañó y recibió. Presentar el pasaporte, rescatar las maletas, cambiar dólares y tomar un taxi para atravesar la ciudad y llegar a casa la casa materna era todo un placer porque era ahí donde sería hija, hermana, prima, sobrina o amiga sin que entrara en juego mi ser mamá o esposa.
Mi Malinche interior regresaba un poco más extranjera, un poco menos mexicana, un poco más mujer. Luego de 15 años viviendo fuera y tres sin pisar La Laguna, mis expectativas eran muchas y ninguna a la vez. La amabilidad del mexicano, su sonrisa, su jugueteo constante, su alma de niño herido se manifestó en cada persona con quien me encontré hasta subirme al taxi.
- ¡Buenas noches, joven! ¿Cuánto le calcula para La Herradura? ¿Hora y media? ¿dos? ¿más?
- No Señito, ¡en media hora!
No pude más que reírme y sacarle conversación: el camino a casa un viernes a las 8 de la noche sería largo. Le conté que había tenido la intensión de hacer una escala en el recorrido y comerme unos taquitos con el que condujera el taxi que me llevara a destino. Le hice saber que nuestra cita gastronómica se había frustrado antes de nacer por órdenes explícitas de la Jefa Mayor de llegar derechito a casa: ella se encargaría de que mis antojos no se quedaran sin cumplir.
Entonces me recomendó lugares a los que él ya no me acompañaría: “El borrego viudo” para los tacos al pastor, “El cochinito” para las carnitas que me en teoría me comería en Xochimilco y otros tantos más. Yo escuchaba a ese buen hombre con las glándulas salivales. Mientras, mis ojos querían salirse del auto y brincar como canicas sin perderse detalle de los cambios sucedidos en tantos años… ¿vería el segundo piso del periférico? ¿qué nuevo centro comercial le habría dado un toque mas moderno a la ciudad? ¿Qué caminos me llevarían a qué recuerdos?
Mientras tanto, la ciudad se abría casi silenciosa ante mis pies, haciéndome sentir que era ella la que me esperaba a mí y no al revés. Los ríos de serpientes se emplumaron ligeros y fluían en armonía, los autos eran gotas del mismo caudal y juntos avanzábamos en un delirante baile. Como la escena bíblica de Moisés ante el mar, el tráfico se abría y comenzaba a creer en que la estimación del taxista había sido correcta. Pasamos por la casa de mi amiga Camila, por el súper donde mi mamá compraba mis pañales, por la calle Fresnos y tantos otros lugares cargados de significados.
Cuando el chofer y yo de dimos cabida al silencio, comencé a tejer hipótesis, a soñar coincidencias, a desear encuentros, a imaginar conversaciones sensibles, conversaciones inteligentes, conversaciones reveladoras. Comencé a concientizar el valor del tesoro que tenía en mis manos: una libertad generosa, palpable, medible y por tanto tan real como concreta: 10 días-
Comencé a sentirme empoderada, capaz, madura… tan dueña de mi misma como para entregarme al disfrute de intimidar a derroche con mis quereres.
Llegué a buen puerto en 35 minutos: un milagro Guadalupano que bañaría con la misma magia cada uno de los momentos que se sucedieron una vez que crucé la puerta y abracé a mi mamá.
Soraya
Montevideo, 19 de marzo del 2009







