viernes, 4 de noviembre de 2016

Amor eterno

Ahora sí que la regaste, flaquita... ¿cómo se te ocurre llevarte así nomás y sin aviso al mero mero petatero? ¿O me vas a decir que a ti no te endulzaba el oído y te calentaba la poquita alma que te queda al oír sus canciones? A que se te ponía todita la piel chinita cuando cantaba Amor eterno y hasta te daban ganas de regresarle  a su mamacita aunque fuera un ratito, sacarla de su sepulcro  nomás pa’ que le diera ese beso y tal vez borrarle su más triste recuerdo de Acapulco... Y no se me olvida que eres puro hueso, pero estoy segura de que él te devolvía el cuero por un ratito. Yo sé que él hacía que te sintieras vivita y coleando cuando se meneaba por el escenario revoloteando esa copa de vino por los aires al son del mariachi.

               En serio que ya ni la friegas, te hubieras aguantado un poquito, lo hubieras esperado a ver si se ponía a dieta o al menos aguantarte a que yo pudiera ir a un concierto suyo. ¡Híjole! Es que ninguno como mi Juan Ga para acompañar los buenos y los malos ratos, ninguno igual para esos días en que amaneces con planes de comenzar llorando y terminar bailando. 

               Pero pensándolo bien, yo creo que te va a salir bien escurridizo tu muertito, ni te creas que te lo vas a poder quedar toditito para ti así como así, porque su música nomás no es cosa que tú te puedas llevar. Metiste la pata porque quién sabe qué titipuchal de versos pudo seguir escribiendo, cuántas canciones se le habrán quedado atoradas en el cogote y nosotros acá, de este lado, sin chance de saborearlas.

               No, no se vale que me haya amanecido con esa noticiota, los ojos ya los traigo como sapo de tanto llorarle y apenas me sobra un hilito de voz por todo lo que he cantado. Desde tempranito arranqué a poner sus discos: ya regué mis plantitas, ya fui al mercado, barrí, pasé trapo, fregué la cocina, hice la comida y la cena, lavé la ropa y todavía ni me los acabo. 

               Por acá pasaron la Lupe y la Chela tan desconsoladas y lloronas como yo, nomás pa’ juntar las penas y hacerlas menos. El Pancho se fue bien achicopalado al trabajo, ya ni quería ir, nomás se quería quedar acá tristeando pero ni modo de no ir a chambear. En el mercado, hasta Don Fermín lloraba a moco tendido arriba de sus tomates, parecía la viuda el muy bigotudo. Ahí le pasé el último Kleenex que me quedaba y yo, que estaba tan desconsolada, lo consolé. 

               Ora sí que la Virgencita de Guadalupe tiene competencia, a mí se me hace que le voy a comenzar a rezar, porque mi San Juan Gabrielito me hacía el milagro de hacer que las lágrimas me supieran a puritita miel. Con permiso o sin permiso del de arriba, yo voy a hacerle su altar acá a lado de mi morenita porque se lo merece, porque sonaba como un ángel el muy desgraciado. Ya le compré sus rosas, unas de a de veras y otras de plástico para que le duren. Dice la Lupe que ahora que tenemos papa que habla español, podríamos escribirle al Vaticano a ver si lo pone aunque sea de beato. Porque de que hizo milagros, los hizo.

               Y si te queda alguna duda, flaca condenada, pregúntale a todos los mexicanos a ver si no tengo la razón.

miércoles, 28 de mayo de 2014

Buenos Aires melting pot.


Me gusta vivir en Montevideo, pero si el tiempo pasa y no he ido a México, cruzar el charco  y  alimentar al bicho de gran ciudad que habita dentro de mí, consentir a esa cucaracha urbana, me resulta casi vital. Así fue que aproveché la visita que mi mamá y hacia allá nos fugamos por un par de días, así nomás, a visitar amigos.

El martes, segunda y última jornada de mi brevísimo viaje, viví Buenos Aires desde un lugar que me dejó ver algunos rasgos profundos de la identidad porteña. Acompañé a mi amiga Liane a la Dirección Nacional de Migraciones para tramitar el DNI de su largamente octogenaria madre. Aquel imponente edificio es el mismo que recibió a los tantos y tantos barcos cargados de las personas que hoy conforman la Argentina, el mismo edificio que albergó el Hotel para inmigrantes y que hoy funciona como museo, el mismo lugar en el que montones de extranjeros buscan hacer de Argentina su hogar y confirmar que parte de la riqueza de este país es el crisol cultural que aquí se da.

Tuve la dicha de romper con la premisa de que el porteño no es amable: ¡Qué caballero el custodio que nos indicó los pasos a seguir del trámite! ¡Qué disposición la de la funcionaria pública que le cedió su lugar de trabajo a Virginia y luego, cariñosamente, dedo por dedo, la encremó para que sus ya gastadas yemas tomaran la tinta y pudiera imprimir sus huellas! ¡Qué eficiente y  poco protocolario el otro muchacho que no invalidó el trámite por la falta de uno de los documentos y se tomó la molestia de subir y bajar media docena de veces aquellas escaleras para conseguir una prórroga! ¡Qué simpática la chica que nos vendió el café en su mesita llena de termos y vasitos de espumaplast para hacer más amena la espera!... ¡Y qué emocionante leer la cartelería informando que todo inmigrante tiene derecho a educación gratuita y asistencia médica, invitando a todos a exigir sus derechos laborales, a tener una vida digna! ¡Y esa sencilla pero impactante muestra fotográfica de la labor de impositiva para regular tantas situaciones de empleo irregular muy cercanas a  la esclavitud!  El esfuerzo está hecho para que a uno no le tome más de dos horas el trámite, todos atienden eficientemente y  con una sonrisa que ni empleados públicos me parecieron.

Si aquellas oficinas eran un mundo de gente, las calles alrededor también. A leguas se notaba la franca mayoría de bolivianos, de peruanos, de paraguayos, seguidos de orientales. Ni bien llegamos mi amiga se percató de que no había traído las fotos requeridas, pero tomar el auto de nuevo y salir en busca de una tienda implicaba perder el turno. Y ese custodio amable intervino en la puerta del edificio: que las fotos eran indispensables, que cruzáramos nomás la calle y que ahí encontraríamos donde resolverlo, que no nos preocupemos por nuestro lugar en la fila, que no era necesario que señora de tan avanzada edad se tomara la molestia. Virginia, tomada del brazo amoroso de su hija, esquivó todos los accidentes de la vereda rota y cruzamos aquella anchísima avenida que nos llevaba a un pasaje peatonal muy venido a menos. Ella iba como ausente, con paso  lento pero digno, como recordándole al viento la dama que fue y es. Sus tantos años de vida ya la habían acercado a muchas otras oficinas de muchos otros países para hacer el mismo trámite pero no sé si le habría tocado la mágica experiencia de pararse un día frío, con la lluvia a punto del quiebre, en plena calle, contra un muro grafiteado,  y tomarse su foto carné. Ni bien entramos al callejón, el espíritu de una ciudad grande y diversa se me coló por la nariz, por mis ojos, por mis oídos, por mi piel. Aquí y allá se entrecruzaban los gritos de todos esos buscavidas, en su mayoría mujeres: “chipá, chipá! Tengo sopa paraguaya, humitas, empanadas!”, “Pásele, pásele! Coma acá su arrocito con pollo!” “fotos ,fotos, fotos! Tómese acá su foto de calidá!” Los acentos, los colores de piel, las sonrisas enredadas, los pasos apresurados, las pausas merecidas, los antojos cumplidos, las nostalgias preparadas en la calle. Lo mejor de todo es que había salido sin desayunar de casa. Mientras Virginia se tomaba la foto, husmeé alrededor y compré dos chipás mas una humita de choclo bien grandota para compartir a pellizcos con mi mamá y con quienes se animaran a probar  lo de que aquellas canastas salía.

Regresamos a las oficinas. Hermoso ver gente más negra que el negro, chinos, gitanos, indígenas, rubios. Pero los pies me hormigueaban por salir y ver un poco más. Salí, pero antes  me metí al museo… ¡cuarto piso por escalera! Escaleras de mármol, gastadas en sus bordes, hundidas y boleadas de tantos años de subideras y bajaderas. Aquellas fotos de hileras interminables de catres, de hombres, mujeres y niños con un saco sobre sus hombros como única pertenencia… y busqué las computadoras, con la esperanza de tal vez encontrar a mi bisabuelo. Pero, aunque yo entré como Pedro por su casa, el museo estaba cerrado, preparándose para la inauguración esa de una exposición sobre los años ochenta y no había sala de cómputo abierta.

Y volví al callejón, ahora con mi mamá, para conversar con los de las fotos. Su espíritu de lucha me había tocado y sentía que valía la pena decírselos. Él, colombiano de Bogotá, toma las fotos y grita su anuncio; ella, peruana de Chimbote, sostiene con sus brazos en alto la cortina blanca doblada en cuatro con la que logra el fondo profesional requerido, y también grita su anuncio: “Foto carné, foto carné! Saque aquí su foto carné!”. Sacan el chip, lo introducen en una impresora portátil, si no sales linda te la vuelven a tomar, la recortan, ensobretan cobran… ¡gran solución para un montón! Nos colmamos de sonrisas, nos despedimos de beso y abrazo y regresamos a las oficinas de Migración.

De ahí a almorzar a Las Violetas y disfrutar del trato de esos meseros impecables, pulcros y amables, esos de oficio y tradición que me sirvieron mi trucha Patagónica. Luego de la comida, un cigarrito bajo la lluvia tenue, pero al cobijo del toldo del restaurante y dejarme sorprender con uno que otro alegre piropo de los conductores que por ahí pasaban.

Regresamos por la valija a Bella Vista y seguía lloviendo, pero insistimos en  evitarles la molestia de regresar a Buenos Aires. Así que nos dejaron en el tren San Martín para la fácil misión de llegar a Retiro, cruzar la calle, tomar un taxi y subirnos al barco. Y la odisea se vio venir cuando el tren comenzó a entrar a Retiro a las 6:00 y al fin abrió las puertas para que bajáramos a las 6:10. Un mar de gente nos inhabilitaba correr la interminable distancia que nos separaba de la calle. La lluvia era poca pero constante, so suyo no era lo duro sino lo tupido. La tarea de esquivar gente, charcos y pisos rotos hacía demasiado complicado pensar en abrir, además, el paraguas. Mi mamá, desbocada, se hacía paso delante de mí. Yo no la perdía de vista y trataba de que la valija no fungiera como ancla en mi avanzar. Al fin afuera en la calle, realizamos que había tanta gente como adentro, obvio: hora pico, ya sin luz y lloviendo. ¡Qué calles anchas que tiene Buenos Aires, che! Sólo sabíamos que debíamos cruzar la avenida y de aquel lado tomar un taxi hacia la terminal de Buquebus… ¿taxi? ¿Qué taxi? ¡Dónde se metieron los tacheros el día de hoy y con nuestro barco que zarpa en veinte minutos! Yo en una esquina, mi mamá en la otra,  preguntamos, corremos, saltamos, nos mojamos, confundimos y nos confunden… unos indican que la terminal queda a la derecha, otros que para arriba, todos dicen que demasiado lejos como para llegar caminando, otros que corramos. Divisamos otra avenida y hacia allá nos dirigimos. Arrastro la valija sobre charcos, sobre lodo, sobre tierra y a veces, sin querer, sobre otros pies… ningún taxi, o tal vez alguno pero siempre ocupado. Corremos a una estación de servicio, voy hacia uno de los empleados, no saben dónde llamar o cómo parar un taxi… que esperemos a ver si entra uno a cargar nafta, que a ver si está vacío, que a ver si nos quiere llevar. Mi mamá me alcanza, sólo pasaron dos por la avenida  y llevaban pasajeros. Ella escanea la pista, se detiene en un joven de traje con pinta de yupi de la bolsa de valores que se encuentra abriendo su tanque y hacia allá se dirige. Le explica, le suplica, le exige y le ofrece ayudar con cien pesos para la gasolina. El yupi es humano, argentino y buena onda. Acepta la plata, nos subimos y nos lleva a la terminal.

Y llegamos triunfales, mojadas y llenas de risa cinco minutos antes de que cerraran la admisión. La chica del mostrador, una muy eficiente rubia de pomo, tranquilizó nuestras prisas y nos deseó buen retorno. El señor de migración, serio conmigo y risueño con su compañera, juntaba las cejas preguntándome si me habían registrado al entrar, y tras algunos artilugios que me hicieron sentir algo incómoda, pidió me pare ante la cámara y presione mi pulgar contra el scanner. Sin alzar la vista me deseó buen viaje y pasó mis documentos hacia su izquierda, donde estaba sentada su compañera armada con termo y mate, poniendo en evidencia qué lado correspondía a qué país. Largué mi observación con desperpajo y el hielo se rompió de inmediato cuando los dos lanzaron la carcajada. El argentino  preguntó por el origen de mi apellido y al parecer la respuesta fue la acertada: se levantó con una enorme sonrisa y sacó efusivamente la mano por entre el pequeño espacio que permite la mampara de vidrio. Nos estrechamos las manos con un apretón, nos reconocemos hermanos libaneses y nos deseamos buena vida.

El mundo está lleno de gente que deja su barrio, no?

sábado, 2 de noviembre de 2013

Muerte sin funeral

No pues ahora sí que la pelona me agarró por donde menos pensaba, ¡esto de que se me presente la muerte así como así en un trozo de taco nomás no tiene madre, verdad de dios! Si por lo menos se hubiera esperado a que termine mi cafecito! El pedazo atravesado en el cogote no me dejó ni gritar por ayuda, yo nomás pelaba los ojos y con la poca fuerza que me quedaba manoteaba a ver si Doña Lencha me veía. Pero ella andaba muy atareada y nomás no me vio… como tampoco me vio el Flaco, ni los cuatro o cinco clientes que sí pagan... no como yo, que desde hace años me arrimaba todas las mañanas pa’ que me regalaran el desayuno, quesque para no arrancar a fumar  tan temprano con la tripa vacía, me decía Doña Lencha, ¡Ay! ¡La pobrecita de Doña Lencha! Para cuando se dio cuenta de que algo andaba mal conmigo, yo ya tenía una media hora fría! Todos creyeron que me había quedado dormida en la mesa como  un pajarito que clava el pico,  les costó imaginar que me había petateado ahí nomás, ¡Qué poca vergüenza la mía, caray! ¡Pagarle así tantas amabilidades para con esta vieja achacosa!. ¡Y cuando vi cuántos esfuerzos hacía el doctor de la emergencia para revivirme, hasta importante me sentí! Casi que me dieron ganas de escaparme de la mano de la huesuda y regresar a ese cuerpo tan,  tan, tan jodido… pero la verdadera verdad, la neta petatera  es que desde el primer momento de muerta me sentí requete bien: se me cayeron como 30 años de encima, huelo a jabón y no a meada y la única molestia en el cuerpo que ahora tengo es un latir constante y sonante en el cogote, que resulta mil veces más llevadero que el carraspeo constante con el que vivía. A final de cuentas me dictaminaron “muerte por  asfixia”, entiéndase “se atragantó con el taco”… ¡un taco asesino que ya nadie va a querer comerse en lo de Doña Lencha  ahora que se corra la voz!  ¡Ay Doña Lencha! Le oí desearme entre sollocitos mudos que la paz -al fin- sea conmigo…  ¡al fin la paz!… No, pos sí. Pensándolo bien sí era difícil andar juntando los pesitos por aquí y por allá. Ella me daba mi desayuno y Don Melchor me juntaba los restos de las pizzas para dármelos a eso de las seis de la tarde… y en el medio la pasaba merodeando la salida de los comercios pidiendo las moneditas que una a una se iban juntando para pagar la pensión y mi tabaco. También la pasaba en la plaza dándole a mis palomas los pedacitos de ayer bien desmenuzados, pa que rindan… por cierto, pobrecita La Pinta ahora que ya no la voy a ir a visitar. Ella entre todas las palomas era mi favorita, por fea. Un día la quiso agarrar un gato y de puro milagro logró escaparse, maltrecha, coja y tuerta… pero escapó. Ahora pareciera que las plumas le crecen por cualquier lado y la mirada que le sale por su único ojo rojo se te clava como navaja. Solo yo sé que su maldad es puritita ilusión óptica, que es buena la condenada, que nomás es fea y ya. Ojalá y haya un lugar como este para las palomas, un lugar donde viva el resto de su muerte como en su mejor momento…
Por cierto, ¿será que me va a tocar ver a todos los que se los llevó La Chingada antes que a mí? Porque vivo ya no me queda ninguno. ¿Qué será de mi Pancho? Hace tanto que no lo veo que sólo recuerdo su cara seria y con el bigote bien peinado de su credencial para votar. La guardé todos estos años envuelta en la única bufanda que le tejí en mi vida. Parece mentira que todavía guarde su olor… ojalá y no la tiren a la basura, le podría servir al Fego en la pensión. La bufanda, digo, porque la credencial  para qué la quiere. ¡Ay mi Pancho! ¡Tantos años arrastrando tu ausencia! ¡Tantos años lamentándome de que no me ni dejaras ni hijos, ni casita, ni dinero!... Cuando se fue, se llevó parte de mí… ¡algo así como media docena de tornillos! ¡Ah, cómo le gustaba el trago!
--Ya no tomes más Pancho –le decía cuando lo agarraba, --mañana la cruda va a ser tan grande que ya te conozco: te la vas a querer curar con más alcohol—
 --¡Ya pinche María! Mañana se me quita lo borracho, pero lo feo a ti quién te lo quita. –
Eso me dijo una noche… y a la mañana siguiente literalmente se lo llevó en tren, saliendito nomás del burdel que queda a lado de los rieles… quisiera ver si se le quitó lo de empinar la botella porque a mí lo fea y lo vieja… ¡Ay qué bien huelo, verdad de Dios! ¡Y qué bien me siento! ¿Qué no habrá por aquí un espejo?

Pero, ¿Dónde andarán todos? Esto está demasiado quieto. De seguro que deben de haber más muertos que vivos, ¿no? ¡Pancho, Pancho! ¡Dónde te metiste condenado mequetrefe! Ven nomás a enseñarme el camino y te dejo en paz… ¿o será que estás refundido en el infierno? No, pues mejor no vengas. No vaya a ser que te salgas con la tuya y me dejes peor. Eso de “contigo hasta la muerte” que aquí muera nomás.

lunes, 26 de agosto de 2013

Adiós a los cuadritos escoceses.

Ya está. Hoy me despido de los cuadritos escoceses. Hoy sólo lamento que use la  falda de secundaria en lugar del jumper de primaria porque de haberlo tenido puesto juro que lo rasgaría a los gritos, como los árabes de la peli que vi anoche.  Me buscaron, me buscaron y ya me encontraron: ni un día más en esta escuela. Juro que no voy a volver a pisar este patio podrido, tan cuadrado como las cabezas de estas monjas de narices respingadas que sólo se fijan en las formas.

Y la campana que no suena.

Miss Padilla sigue escribiendo. Va por la segunda tiza y ya borró dos pizarrones completos. Hoy no pienso  seguirle el ritmo, que lo hagan las otras mientras yo pienso que mañana martes me pondré mis cien pulseras de gomitas negras, mis ocho anillos, mis aros grandes y me delinearé los ojos. Nunca más revisarán si mi falda está cuatro dedos por debajo de la rodilla y las medias tapando cualquier indicio de carne. Ya no controlarán si traigo un listón que no sea o verde o azul o blanco, si mis aretes cuelgan o si traigo algo más que no sea una  imagen santa colgada. 

Y sobre mi pelo ahora mandaré yo. Nada pudieron hacer cuando me lo corté chiquitito y me rasuré las patillas. Hoy la superiora cree que ganó la batalla haciendo que me pinte el mechón decolorado con un marcador negro y me lo aplaque con su peinecito casto.

No sabe que con eso firmó mi partida y que mi silencio no era precisamente sumisión.

Las manos de mis compañeras deben estar entumidas. Ale me mira a cada rato de reojo  y a Gabi se le ve nerviosa. No entiende por qué no escribo.  Jugueteo con la pluma, dibujo una cadena de flores contra el espiral del cuaderno. Flechas,  corazones, mosquitas y mariposas de tinta invaden las hojas. Cada minuto que pasa me suma valor y asienta la certeza de que hoy es el último día…

Y la campana  suena.

Al suspiro colectivo se le  monta encima el rechinar de las sillas que se lanzan para atrás, los cuadernos me aplauden sin saberlo mientras se cierran,  las mochilas se abren, las cartucheras engordan. No miro a nadie. Con calma pero sin perder tiempo,  guardo todo lo que está debajo de mi banca y salgo del salón cubierta ahora  por una burbuja invisible que amortigua lo que pasa fuera de mí.

Bajo las escaleras como caballo desbocado. Tengo que llegar a su balcón antes de que salga. Esquivo al tropel de niñas bien peinadas que bajan hablando del chico que les gusta, del último capítulo de la novela, de los deberes para mañana.  Me paro frente a su omnipresente ventana y el patio me respalda. Fijo la vista sobre esas persianas que aparentan no ver, tomo aire, aclaro la garganta y dejo salir el canto desde mi ronco pecho:

-¡Nooo volvereeé, se lo juro por Dios que me mira,

El típico bullicio de la hora de la salida aminora, la sonrisa de mis amigas se hace sentir y mi voz lejos de temblar se afirma:

-Se lo digo llorando de rabia,

Una lástima que no haya previsto mariachi, ésta es por lejos la mejor serenata que haya dado, daré o me darán en la vida.


-Noooo volvereeeé!

Sólo hay una primera impresión.

Salió del cuarto de visitas vestido de traje y corbata.

-Ay papito, te vas a asar!

-De ninguna manera, estoy acostumbrado y el primer día quiero causar una buena impresión-, me contestó sonriente y ansioso por salir de casa.

-Oye papá, pero tu corbata está chorreadísima, está muy sucia.

-Bueno, qué  importa. Ahí en México tengo otras cuatro que ya llevaré a la tintorería, vámonos.

Sin más remedio le hice caso a su prisa y nos fuimos a la parada. Yo estaba feliz de tener por fin a mi papá de visita en Uruguay, de que él y la ciudad de Montevideo se conocieran. Algo del Río de la Plata había habitado en su alma desde siempre porque cuando le daba por cantar le brotaban tangos y milongas a la par de boleros y rancheras. Vestirse bien, ponerse guapo era lo natural en él porque su deseo profundo era enamorar los rincones y bares de esa ciudad.

Mientras caminábamos hacia la parada, papá me dijo acomodándose el nudo de la corbata:

-Fíjate, compré unos calcetines para el viaje y salieron defectuosos. Uno es más chico. Cuando me los probé sólo me probé uno y no me di cuenta, pero uno es más chico.

Ahí quedó el comentario hasta que llegamos a la parada y al sentarse se puso en evidencia que efectivamente el calcetín derecho era notoriamente más corto, dejándole visible buena parte de la pierna. Papá me mostró:

-Mira qué chistoso, ¿ves? Este es más chico, ¡salió defectuoso!

Comencé a tocar el calcetín para descubrir dónde estaba la falla. Lo habrían tejido doble porque no tenía el remate del borde.  Seguí avanzando con mis dedos por adentro del calcetín y luego por debajo de su pié... hasta que lo encontré.

-¡Pero Papá! Mira, aquí está el borde de tu calcetín, ¡te lo pusiste doblado en dos!

 Mientras se lo subía entre risas, le hice notar una segunda falla:

-¡Mira papá! ¡Otra falla! ¡Tiene un huevo por el empeine!

-¡Válgame, pero qué cosa!-, dijo sorprendido mientras acomodaba el talón en su debido lugar, -¡ya no se fabrica como antes!

jueves, 22 de agosto de 2013

Misas y miserias

Somos muchas,  demasiadas. Del gigantesco atrio de la Basílica de Guadalupe se levanta un bullicio de niñas formado por los colegios católicos de la ciudad. Somos un ejército limpio y uniformado cargado de oraciones y venimos dispuestas a  sacar a cuanta alma del purgatorio podamos, aunque eso signifique poner en jaque al mismísimo  San Pedro poniéndolo  trabajar a marcha forzada.  ¿Cómo será ese lugar entre los jazmines del cielo y el azufre del infierno? ¿Cómo se manejarán en un día como hoy con tanta mudanza? ¿Sacarán numerito como en la fiambrería? ¿Lo harán  por sorteo con pelotitas numeradas de Bingo? ¿Nuestros rezos son ese  punto extra que hace la diferencia en su examen de ingreso?

Me duelen las piernas. Ya estoy fastidiada de esperar  a que termine la misa antes de la nuestra. Hay demasiado de todo. Deseo liberarme del sol y del vapor cargado de polvo, sudor y sangre que se eleva desde ese piso húmedo donde el pueblo mexicano arrastra sus súplicas y agradecimientos a la morenita más querida. A pesar del intenso zumbido de voces que me envuelve como si estuviera en el interior de un gran panal, los ecos en tonos graves del cura, seguido por los cánticos agudos y lastimosos de las guadalupanas, salen de la basílica y revolotean sobre nosotras. Mi clavel blanco ya no está tan derechito y por lo que veo los de mis compañeras también sufren la prolongada espera entre manos sudorosas. Ya quiero entrar al refugio de sombras atravesadas por la luz dorada de sus lámparas colgantes, quiero que el copal y las flores me saquen este olor a sacrificio enredado con el de tacos, fritangas y  smog que ruge desde las entrañas de la gran ciudad.

Mis ojos recorren  con pausa las puertas con sus mendigos y me detengo en ella.

Es una india joven de piel curtida. Su rebozo roído le cubre el pelo y parte del rostro. Su montoncito de huesos está arrejuntado  contra la pared y sobre sus muchas faldas sobrepuestas, apoya a un bebé de la edad de mi hermana Vanessa que todavía ni camina. Ahora me doy cuenta que es de ahí de donde viene el llanto que percibo desde hace rato. La mujer mantiene en alto una lata y la sacude esperando que caiga alguna moneda más. A su costado descubro otro niño. No debe tener más de dos años. Él duerme sobre el piso hecho un ovillo, parece un cachorrito roñoso que se confunde con las piedras, con el piso, con la mugre. Pero el bebé no para de llorar por más que la madre lo sacuda. Ella deja su lata, mete la mano entre su espalda y la pared, saca  una bolsa de papel de estraza toda arrugada  y manoseada que contiene algo no tan bueno como el pan. De un soplido la  infla como globo  y con ella le cubre la boca y la nariz a su crío. Lo arrulla contra su pecho,  le canta una canción que probablemente aprendió en el campo y el pequeño cuerpito otrora tenso se relaja y calla. Aprendo otra lección fuera de la escuela: el cemento no solo pega, también engaña al hambre.

Sumerjo la nariz en el clavel mientras mis lágrimas lo refrescan. Mi corazón acelerado lo silencia todo y me doy cuenta que el infierno vive en la mismísima puerta de la iglesia.

martes, 23 de abril de 2013

Desde Líbano con amor


Mi nombre no es capricho, responde a mi cuarto de sangre libanesa. Aunque no conocí a mi abuelo, ni a un tío o tía o primo que hiciera tangible mi origen, mi abuela mexicana aprendió a cocinar keppe, tabule y demás exquisiteces por amor. Como buena matriarca, ella le enseñó a mi mamá y mi mamá, junto con mi abuela,  me enseñaron a mí. Recuerdo como si fuera ayer las tardes en la cocina desgrasando y cortando chiquitito, codo a codo con mis primas y hermanas, la carne de cordero. Su olor en crudo me hacía retorcer las tripas pero una vez sacado del horno no podía parar de comer. Nunca vi alguien  tan veloz como mi mamá para picar la hierbabuena, el perejil y la cebolla para el tabule... hoy domino la técnica y gustosa me aventaría un reto con ella para ver si la aprendiz superó al maestro. El aroma a limón, a ajo y cebolla, el jocoque, los dátiles y las aceitunas negras estaban tan presentes en casa como el maíz, el frijol o el chile.  Pero de mi origen libanés sólo tengo el nombre, un apellido y mis rasgos, los aromas y sabores de su cocina y los cuentos que mi madre y mis tías me hacen de su padre emigrante... debí haber dicho tenía, porque hace tan solo tres semanas esta realidad cambió.

Mi mamá tenía mucho tiempo con el sueño de ir a la tierra de su padre, de conocer Líbano, de visitar Jezzine, de hacer verdad el pueblo originario de los Rashid y, tal vez, encontrar familia... quién sabe, todo es posible. Las guerras, la economía las configuraciones familiares y demás circunstancias de la vida quisieron que fuera  hasta hoy que tiene 68 años. La idea era que fueran las tres hermanas pero sólo fue posible que la acompañara mi hermosa tía Alma.

Y emprendieron la aventura de sus vidas estas dos Señoras hacia aquel Medio Oriente tan lejano y tan ajeno como tan próximo y propio. Llegaron dueñas de una sola pista: una carta escrita hace cincuenta años en árabe con la dirección del remitente. Ni bien llegaron a Beirut se pusieron manos a la obra. Así que se hicieron de un taxista que las llevara a la dirección indicada y pudiera en algo servir de traductor.

Cincuenta kilómetros después, llegaron al lugar: una tienda de cuchillos hechos a mano donde adentro se encontraba el dueño. Luego de interminables gestos, señas, palabras en inglés, francés y árabe, el desconcertadísimo viejo encontró la punta del hilo del cual tirar. Fue poco a poco atando los cabos, haciendo conclusiones y remontando hacia atrás para encontrar a aquel familiar de nombre Habib que hacía algo así como cien años se había ido a América y que nunca más regresó. La luz se fue haciendo de a poco, pero cuando se hizo, los iluminó a todos. Una vez reconocidas como la familia perdida, se aseguraron de no volverla a extraviar nunca más. Sucedieron de ahí innumerables banquetes en honor a las viajeras y visitas a los lugares más significativos en la historia de mi abuelo. Les enseñaron de la mano en qué cañada se tiraba a descansar aquel joven pastor de ovejas, sobre qué risco quedaba la casa donde creció y sobre qué campos jugaría.  Las familias se tironeaban para agasajarlas con sus manjares caseros y como frutilla de la torta aparecieron un puñado de amorosas sobrinas que colmaron con besos y cariños a aquel par de valientes cabecitas canosas. La ilusión de encontrarse con su pasado fue tan altamente rebasada que regresaron con todo un presente y un futuro no solo para ellas sino para todos los que orgullosos descubrimos que no somos Rashid sino Rached.

No tengo idea qué regalitos maravillosos haya recolectado en los mercados de Líbano y mas tarde de Turquía, de lo que sí estoy segura es que el mejor y más grande (claro, después del hallazgo familiar) es que se haya amistado con la tecnología y llevara consigo un Ipad con el que tomaba fotos y mandaba todos los días acompañadas con una pequeña reseña. Fue como si me hubiera llevado a mí también. Durante estas tres últimas semanas he viajado a su lado, palpitando con ella sus descubrimientos y despertares. He esperado con ansia sus noticias ilustradas del día... hasta ayer que "regresamos" a Los Angeles y "estamos" visitando por un par de días a mi hermana Vanessa.

Y las buenas noticias, las alegrías no terminan sino que se multiplican: ella llega a México para reciclar valijas y en tan solo cinco días más la tengo por aquí completando las piezas del puzzle con sus cuentos en vivo y en directo... ahora tengo la oportunidad de aprovechar esta racha de energía e indagar la segunda parte de la historia de los Rashid (ahora Rached), un eslabón perdido que nos vincula, curiosamente, con Necochea, Argentina.

domingo, 31 de marzo de 2013

Reglas hospitalarias



Podíamos ver los jardines del hospital a través de los barrotes de la reja y si nos esforzábamos un poco, alguna puerta  que tal vez perteneciera al cuarto de mamá. Parece que en aquel entonces la ciudad de México era un lugar seguro porque mi papá nos dejó a las tres esperando afuera: --No se permiten niños adentro, quédense aquí tranquilas y por ningún motivo vayan a cruzar la calle.--  Y desapareció sin la pesadumbre que a mí me hubiera invadido si hoy yo dejara a mis hijos en la vereda.

El trío de las hermanas Herrera era bastante compacto. Lorena se había ganado los apodos de Llorena y Miorena a punta de melodramáticas lágrimas y de hediondos colchones echados a perder, mientras que la complexión adobe de  Pabola nos había inspirado un cántico en voz grave y amenazador que advertía su llegada: “¡Pabola la bola, la bola Pabola! A mi me decían La bruja, aunque no me queda claro si por mala, por los alambres indomables que tenía por pelo o por alguna terrible combinación de ambos. Lejos estábamos de ser un armónico trío: yo molestaba a Lorena, Lorena me molestaba a mí, juntas le complicábamos la vida a Paola y así hasta agotar todas las combinaciones posibles.  Pero a pesar de los pleitos, conocíamos nuestra dinámica, cabíamos mas o menos bien en el asiento trasero del auto, cada una tenía su lugar en la mesa  y, por sobre todas las cosas,  reinaba una relativa paz porque yo, como primogénita de 10 años, tenía mi propio cuarto.

Nunca nos hubiéramos imaginado  que siete años después llegaría un bebé a casa. Recuerdo el día que mi mamá se enteró de la noticia: ni el  árido aire de Calexico que tanto le gusta pudo secar sus lágrimas o consolarla. Habíamos viajado para pasar la navidad con la familia que tan lejos teníamos y se suponía que todo iba a ser alegría y diversión, pero esa mañana salió del baño con la prueba de embarazo en la mano como alma que lleva el diablo. Las fotos antiguas de ella y de mis tíos de cuando eran niños, las de las graduaciones  y bodas que cuelgan en el pasillo que hace de galería familiar en la casa de mi abuela, cimbraron al ritmo de sus enfurecidos pasos.  Ella no estaba triste, estaba enojada, rabiosa. Refunfuñaba a cada rato,  mascullaba protestas, salía a tomar aire y lloraba con el ceño fruncido. Esa nube densa y negra la acompañó durante todas las fiestas, pero una vez que regresamos a la Ciudad de México y pasaron los días, las semanas y los meses, se fue diluyendo hasta encontrarse otra vez con la alegría de siempre y mas todavía.  

Pero ahora estábamos las tres afuera del hospital, rehenes  de las reglas hospitalarias y locas de ganas por entrar. Las rejas negras recién pintadas eran demasiado altas para ser saltadas pero, ¿serían lo suficientemente angostas como para impedir que nos escurriéramos entre los barrotes? ¿Podríamos entrar sin ser descubiertas por el policía de la entrada y buscar a mi mamá con nuestra hermanita? Lorena probó meter  la cabeza y luego de un rato encontró el ángulo justo, pasó un hombro y al final estaba del otro lado. Yo tenía dos colitas altas amarradas fuertemente con ligas de bolitas rojas y, por más que intentara, ese par de cachos me hacían la hazaña imposible. Pabola con su gordura nomás no entraría. Decidimos hacerle caso a papá y quedarnos quietas… ¿quietas? ¿Cómo podíamos hacerlo si ahí adentro, en el mismo hospital donde nacimos las tres, estaba cautiva la bebita que pondría de cabeza nuestro orden, la cuarta integrante que me despojaría del cuarto propio, la tierna beba que se robaría las miradas de todos sin dejar ni un pestañeo para nosotras? Tomé a Paola con sus seis añitos y la empujé contra los barrotes. Su cabeza pasó sin problemas pero  esa barriguita llena de tortillas era cosa seria. Y yo la empujaba desde afuera mientras Lorena la jalaba desde adentro y aunque le exprimimos un par de lágrimas,  pasó. Si ellas cupieron, yo también cabría. Me arranqué las ligas y la melena cayó deforme sobre mis hombros pero por más que lo intentara, el año un mes que le llevaba a Lorena se dejó sentir más que nunca. En esas andábamos cuando mi papá me sorprendió atorada a medio pasar, --Si te vas a colar más te vale que lo hagas ya--, me dijo serio  con los puños apoyados sobre su cadera, luego soltó la carcajada que alivió la tensión y relajó los ojotes con que lo veíamos las tres. --¡Ssshhhh! Las espero del otro lado, escóndanse detrás del arbusto aquel--. Cinco minutos más tarde todos los miedos se diluían como terrón de azúcar tocando el té. La dulzura de Vanessa efectivamente cambiaría nuestras vidas. Con un beso le dimos la bienvenida y sellamos el lazo irrompible de las hermanas Herrera.

sábado, 18 de septiembre de 2010

Grito de libertad


Es hora de desmontar los artilugios, destejer las trenzas, despintar el lienzo, colgar el hábito y desarmar el cuerpo. Es tiempo de mirar atrás, de regocijarse con los recuerdos, de disfrutar la cosecha.

Luego de zapatear toda la noche, el espejo me devuelve una imagen feliz: mi rostro coronado por la trenza entretejida con listones de vivos colores y delicadas flores que acomodé con coqueta precisión ya horas atrás, los aretes de racimos de semillas rojas haciendo todavía juego con mis labios, la blusa negra con estruendosas flores bordadas por las manos anónimas de alguna mujer en las profundidades de Chiapas y mi alma hinchada de gozo por tener la excusa perfecta para que México me hiciera lucir orgullosa y radiante otro aniversario suyo de ilusión de independencia y libertad.

Una noche como la de hoy me transforma con su magia. Sé lo contagiosa que es la alegría, me llevo bien con la fuerza de los colores; conozco el poder de llevar con aplomo y orgullo el trabajo de los telares mexicanos; sé del arte de bañarme y nutrirme del intenso dramatismo de mi pueblo para luego desparramarlo al pasar; puedo jugar con el grito y el silencio del indio, con el diablo y el ángel del tequila, con el fuego del chile instalado en mis venas.

Cierro los ojos y evoco las guitarras, los violines y las trompetas del mariachi uruguayo tocando el jarabe Tapatío en el gran salón del Hipódromo Maroñas, tan acá de Montevideo, tan allá de México. El acorde grave del guitarrón retumba todavía en mi pecho haciendo reflotar mágicos momentos generados durante la noche. Regresa en forma de recuerdo el delicioso enjambre de niñitas revoloteando embelesadas a mí alrededor, mirando sonrientes hacia arriba como quien contempla una aparición. Y yo bailando, zapateando, revoloteando el rebozo, ondeando mi hermosa falda, sonriendo, sosteniendo miradas, regalando sonrisas, tocando almas, pintando corazones. Bailo con uno, le canto a otro, me saco una flor del tocado y se la coloco en el pelo a una señora mayor. Estoy tan en mí que todo fluye con mágica naturalidad. Me dejo llevar por la música, por el espíritu de fiesta, por el sabor del guacamole y las voces del tequila. Me abro al halago y agradezco los piropos. Me siento lejos de la vanidad, pero también de la modestia: si en mi espíritu brilla México que lo haga libre, sin pantallas, sin límites, sin pudor; si en mi espíritu brilla México que se refleje también en mi cara, en mi cuerpo, en mi mirada; si en mi espíritu brilla México, que recojan su luz todos aquellos que estén abiertos a recibir y dejarse atrapar.

Los anillos, las pulseras, trenzas, listones, y flores yacen ahora desparramados en el tocador como queriendo contar una historia hinchada de vida y color. No me sorprendería que cuando apague la luz y me disponga a soñar con un México festivo sin tantas heridas abiertas, mi vestido y sus acompañantes se hayan escapado bailando por la ventana para seguir el eco de unas campanas que sonaron hace hoy doscientos años anunciando libertad. Tampoco me sorprendería que al notar su ausencia y conocer sus intenciones, les corra detrás esta desatada Afrodita azteca que hoy fue tan feliz gritando a todo pulmón ¡VIVA MÉXICO!

Montevideo, 15 de septiembre del 2010

martes, 17 de agosto de 2010

Cercanías

Vivo con quién conviven mis duelos,
Sueño con quién construyo recuerdos,
Parto con quién comparto mi fuego.

Busco al que se deja encontrar
Todos los días detrás de una taza de café.
Pienso al que vino,
Y también al que se fue.

Sobrepongo antaño y presente,
La esperanza llamada libertad,
Los recuerdos que susurran
la vida que vendrá.

Horizonte de cercanías,
Ilusión de simplicidad,
Lo lejano se hace presente:
Ya puedo bailar en paz.

miércoles, 12 de agosto de 2009

Un rastro perdido dos veces.

No pude evitar hundir mis narices en su cuello, olfatearlo como perra que encuentra el rastro que creyó perdido. Ese olor a cebo añejo, a tabaco impregnado en las hojas de un libro viejo, a café de soledades compartidas, trepaba la madeja de hilos enredados de la memoria y encendía la luz en los remotos recuerdos que por ese instante palpitaban llenos de vida.
El Tío Homero compartía el mismo olor a locura cuerda que mi padre, el mismo aroma de genialidad incomprendida que corre a chorros caóticos en los hombres de la familia y el mismo pudor que me obligaba a apurar el deleite de mi descubrimiento. Debía aspirar profundo y hacer míos los aromas que le arrancaba sin su permiso y que se agolpaban emocionados esperando su turno para ser reconstruidos. Tanta ternura me despertaba mi tío por presente como mi padre por ausente, tan contenta estaba de tener a uno como traer al otro que me despegué borracha y confundida antes de que él me retirara a mí.
Cuando recobré la cordura, logré alzar la voz e invitar a mis hermanas. La jauría rodeó su pelo, su cuello, sus hombros. El viento que levantó los recuerdos de mi padre en el pellejo de mi tío fue tan fuerte que no le quedó más que entregarse sumiso a ese cuarteto de mujeres que de pronto se encarnaban en huérfanos cachorros lamiendo heridas.
De haber sabido que esa sería la última vez, le hubiera arrebatado también su olor a sueños y proyectos, a horas de desvelos en la oscuridad, a madrugadas de radio AM y tardecitas dedicadas a la contemplación.

miércoles, 29 de julio de 2009

Cinco de cinco

La casa de mi mamá nació alborotada y pachanguera. Ella sabe poco de silencio, de voces bajas y secretos, aunque si es preciso les cede algún rinconcito. Su cocina no sabe de mesura, no sabe de dietas y no conoce las palabras poquito o chiquito. Sus paredes invitan a cantar, a gritar, tomar, comer, reír o llorar sin filtros ni vergüenzas. Toda ella honra al pasado adueñándose del presente y abriéndose entusiasta al futuro en un constante fluir que la mantiene vital y palpitante. La casa de mi mamá es un alegre camaleón que ha sabido sobrevivir su paulatino vaciamiento gracias a su capacidad para cambiar de color. Aunque regreso siempre a la misma dirección donde me abrazan los mismos cuadros, los mismos relojes, el mismo espíritu, lo cambios han sido tan dramáticos que ya no es más aquella casona que mi padre proyectara para una familia de seis, sino tres pintorescos departamentos. Mi mamá ocupa la planta baja, es dueña y señora de la sala de 100 metros cuadrados y la cocina de 70 que le dan la seguridad de seguir recibiendo a sus hijas, su familia y amigos sin escatimar en cupos.
Esa primera mañana en casa de mi mamá, bajé las escaleras a oscuras y en silencio rumbo a mi primera taza de café. La emoción de estar de éste lado del mundo y la diferencia horaria entre Uruguay y México atropellaron la posibilidad de dormir a mis anchas. Atravesé la sala en puntitas de pié, cuidadosa de no despertar a mi embarazada hermana que dormía enredada con su esposo en un futón. La casa entera se había convertido en un campamento y el hospitalario dicho de mi mamá de que de pared a pared todo es cama era una tangible realidad. A esas horas reinaba una frágil quietud, misma que se haría añicos ni bien se despertara el siguiente dormilón y se desatara la cadena hasta alcanzar el volumen esperado para éstas ocasiones.
No pasó demasiado tiempo hasta que todos estuviéramos en la cocina. Las cazuelas en las hornallas gorgoteaban alegres imitando el cacareo de tanta mujer junta. La emoción que nos provocaba el logro de haber coincidido en casa de mi mamá tres de las cuatro hermanas, y que al encuentro se hayan sumado mi tía y mi prima, nos tenía en permanente alboroto. Hacía ya años que nos habíamos desperdigado por el mundo y coincidir se volvía cada vez más difícil, así que tres cuartas partes era un número exitoso. Endy, que era el único representante adulto del género masculino, lucía orgulloso como ninguno el mandil a cuadritos de mi madre. Los cuatro varoncitos menores de 4 años nos mantenían eternamente con un ojo al gato y otro al garabato y su sola presencia era el presagio de que la era del matriarcado podría estar tomando rumbos diferentes para la siguiente generación. Tanto niños como cazuelas y conversaciones eran propiedad colectiva y tanto revolvía una la olla como se servía un café o le alcanzaba un juguetito a alguno de los niños. La barra era tan generosa que le daba albergue a las hornallas y a cuanto quisiera rodearla para cocinar recuerdos o compartir proyectos.
Éste encuentro giraba en torno a la barriga de Lorena, una barriga que resultó ser muy poderosa. Ya habíamos aprendido a aceptar que no siempre se puede coincidir en los momentos importantes: Vanessa no pudo ir a mi boda, yo no pude ir a la de Lorena, Paola bautizó a sus hijos sin nosotras y la urna con las cenizas de mi papá vivió en un librero con Paola casi un año esperando a que pudiéramos juntarnos para llevarlo a Chihuahua. Esta vez mi madre, que tan buen olfato tiene para las necesidades espirituales de sus hijas, supo leer que el viaje de Lorena embarazada desde Alemania tendría que coincidir con uno mío, así que sin más mandó un pasaje a Montevideo y se regocijó saboreando la sorpresa que le daría a mis hermanas cuando me presentara como si nada a la mega reunión familiar que mi madre tenía planeada.
Café va, café viene, una quesadilla con aguacate por aquí, unos huevitos revueltos por allá, todas reconstruíamos la cara de Lorena del día anterior cuando se acercó despistada a saludar a un grupo de personas entre las cuales me encontraba yo conteniendo las ganas de lanzarme a su barriga. Cuando tocó mi turno, sus ojos se abrieron cual platos soperos, sus pasos se tambalearon para atrás, sus manos alcanzaron su boca y pasado el susto nos abrazamos y lloramos como si siempre nos hubiéramos llevado bien, como si la historia de tantos años de pleitos entre hermanas no hubieran existido, como si no hubieran volado hasta ceniceros como armas letales entre nosotras, como si naturalmente hubiéramos tenido la certeza de que el tiempo, la distancia y lo vivido nos haría borrar las diferencias que alguna vez consideramos irreparables. La casa de mi mamá nos acercaba una vez más y mi mamá no podía estar más contenta, al menos eso pensaba antes de ver pasar por la ventana una colorida figura femenina que abrió de golpe la puerta de entrada:
“¡Qué! ¿Ya no hay lugar para otra mas?”
Lorena, Paola, mi mamá, la tía Alma, la prima Lisette, Endy las menudencias y yo pusimos los mismos ojos de platos soperos, nos tambaleamos para atrás, nos llevamos las manos a la boca y salimos a abrazar a mi hermana Vanessa que de alguna forma se las había ingeniado para hacerse de dos días y llegar sin aviso con un ramo de flores desde Los Angeles. Esta vez la más sorprendida resultó ser mi mamá. La tan aficionada a regalar y desperdigar su magia por doquier no podía emitir ni un sonido, señal de que la sorpresa la había realmente rebalsado. Sus ojazos verdes centellaron por largo tiempo calladitos, mirando cómo sus hijas iban sintonizando el latido de sus corazones a un solo ritmo, al ritmo de la casa de mi mamá.

martes, 28 de julio de 2009

Soledades

Hace ya algunas mañanas en la mesa del desayuno Sofía comenzó a llorar desde lo más profundo de su almita:

-¿pero qué te pasa?

Eran tantos sus lamentos, sollozos y suspiros que no lograba entender lo que trataba de decirme. Cuando logró calmarse un poquito me dijo levantando las palmas de sus manos hacia el cielo, meciéndolas con un movimiento de sube-baja que parecía estar pesando la gravedad del asunto:

-¡Perdí mi secreto y ya no lo puedo encontrar!

Y siguió gimoteando en la más absoluta soledad... olvidar un secreto debe ser eso, ¿no?

viernes, 17 de julio de 2009

La serenata

Esa noche no sería mi balcón de hierro forjado con geranios rojos el que iba a abrirse para recibir una serenata. Mi novio cumplía 18 años y semejante acontecimiento me daba la excusa perfecta para hacerle entender que a una mujer no se le saca de un brinco de la cama arrancando a punta de trompetazos con “El son de la Negra”. Yo me encargaría de enseñarle el sutil arte de sacar poco a poquito de los sueños al bien amado con un suave “Despierta, dulce amor de mi vida” o un “novia mía, novia mía” con más guitarra, violines y voz que otra cosa.

En un año y medio de noviazgo, su cajón con mis notitas, cartas, papelitos y regalitos no paraba de crecer; yo guardaba en el mío los boletos de los conciertos a los que íbamos, los boletos de los partidos a los que fuimos en el mundial México 86, las rosas que él me regalaba y que luego yo prensaba cuidadosamente en libros. Era un incansable e irresistible ir y venir de detalles y ocurrencias que nos tenían ajenos de todo que no fuera nosotros dos. ¡La original serenata no cabría en su cajón pero sería tan fantástica que se sellaría en su memoria para siempre!

Había ido el día anterior al centro en el uniforme de cuadritos escoceses del colegio a buscar un lugar donde me alquilaran barato un traje completo de mariachi. Combiné aventón, metro, pesero y camión para llegar a mi destino y regresé a casa como malabarista con la mochila, el sombrero y la bolsa con la falda, el chaleco, el saco, la camisa y la moña ya casi por caer la noche. Unas botas y mi trenza tirante para atrás completarían el atuendo que luciría como el colmo a la osadía de que una mujer le lleve serenata a su novio en plena época de Madonna, Cindy Lauper y Depeche Mode. Al mariachi ya lo había apalabrado unos días atrás cuando el mejor amigo del agasajado pudo conseguir auto y llevarme a la heroica y masculina empresa de elegir un conjunto musical de entre los 500 que se agazapaban en Plaza Garibaldi. Tenía que ser barato y que no desafinara tanto por tan poco. Luego de un par de tequilas y un desafío de ver quién aguantaba más tiempo prendido de la máquina que daba toques eléctricos, conseguimos a uno de seis elementos que nos pareció acorde y que aceptó lo que yo podía pagar. Acordamos la hora y el lugar de encuentro y regresé a casa a estudiar para el examen de matemáticas.

La tan esperada noche llegó. Aunque mi traje no tenía tantas luces, me sentía a la altura de Lucerito, Chabela Vargas o Rocío Durcal, ¡nunca antes me había puesto un traje así y ya me sentía la reina de la música mexicana! Varias serenatas recibidas e incontables parrandas en Garibaldi me habían inculcado una singular e inusual cultura popular. Correteé a mi mamá para no retrasarnos y llegamos con tiempo de sobra a la glorieta de Bosques. No se si era el frío, la ansiedad o la emoción pero yo temblaba de punta a rabo mientras esperaba apoyada en el auto, sombrero en mano, a los músicos. Antes de la hora acordada, una camioneta de vidrios empañados pasó a nuestro costado y pude distinguir que adentro se apelmazaban uno sobre otro hombres e instrumentos. Les hice señales pero siguieron de frente. Subí al auto y toqué desesperadamente la bocina. El chofer circundó la glorieta y por fin paró. El camino había sido largo y los músicos necesitaban estirar las piernas. Al verlos descender, la elegancia de sus trajes ataviados con herrajes plateados, me sorprendió. Pero cuando vi que no eran seis sino diez me alarmé: el tequila debió haber estado adulterado o los altos voltajes infringidos voluntariamente me habían dejado tarada porque éste era un Mariachi de ensueño muy diferente al que yo había visto y oído la otra noche. Mientras acordábamos el repertorio, una camioneta destartalada que se caía a pedacitos pasaba envuelta en una densa nube de humo una y otra vez. Los hombres en tierra la miraban con recelo y cuando decidió pararse a lado de nosotros me alegré de que sólo fueran músicos y no cargaran pistolas. El chofer bajó vestido también de charro pero con su traje bastante deslavado, ¡era otro mariachi: el mío!

Resuelta la confusión nos fuimos a casa de mi novio. Los toques sí habrían hecho un efecto negativo en mi percepción porque no me acordaba de que uno fuera tan gordo, otro tan flaco, otro tan viejo, otro tan tuerto y otro tan cojo. El amigo de mi novio llegó a tiempo con la botella de tequila y le dimos el trago de valor mientras mi mamá se hacía de la vista gorda. Los músicos afinaron lo mas discretamente que pudieron, me calcé mi sombrero y orgullosamente di la señal para comenzar a tocar.

Ya envuelta en la música, suave y melódica como debía ser, un dedo me daba suaves golpecitos en el hombro. Yo lo espantaba como a una molesta mosca, pero el dedo no paraba de insistir: “Señorita, señorita… ¡Señorita!”, ¿quién era el imprudente que intentaba sacar del trance del momento a la naciente Diva de la canción ranchera? ¡La puerta ya se estaba abriendo y yo a un segundo de hacer mi entrada triunfal! Sin más remedio giré rápidamente y de mala gana la cabeza: “Señorita, ¡trae usted el sombrero al revés!”

Mis ínfulas besaron el suelo cuando se puso en evidencia que parecía más el desorientado capitán de un barco pirata con su pintoresca tripulación.


martes, 14 de julio de 2009

¿A quién le dan pan que llore?


Me paseo sin prisa por el gran salón, confundiendo las pinzas de aluminio con alegres castañuelas. En la otra mano sostengo la gran charola vacía que las pinzas llenarán dentro de muy poco. La panadería es aquella a la que iba cuando niña los domingos: el mismo enorme e iluminado salón con los bolillos, las teleras y los virotes rebalsando cajones de madera en el centro, y la interminable fiesta de pan dulce sobre anaqueles de cinco pisos flanqueando las paredes. Hay poca gente. Puedo buscar tranquila el pan de mis antojos: una magdalena en papelito rojo coronada con chochitos de colores, garibaldis se llaman. Las pinzas van por delante mío sonando suavecito, como preguntándole a las hojaldradas orejas, a los cuernos, a las pellizcadas, a los agrietados polvorones y a las regordetas conchas de los estantes dónde pudieron haberse metido los escurridizos garibaldis. Entre tanta variedad, sigo sin verlos. Las pinzas se enamoran de un azucarado moño, una estirada corbata, un relajado campechano, una chorriada y una chilindrina. A la charola redonda de aluminio, abollada y opaca de tantos años de servicio, parece alegrarle ya no verse tan vacía y lleva los panes cual su mejor vestido.

Se abre una puerta vaivén de dos hojas y hace su aparición un carrito alto que lleva varios pisos de más pan recién horneado: más trenzas, más marranitos y más picones salen de los hornos para nutrir la fiesta. El maestro panadero viste de blanco pantalón, blanca camisa remangada, largo mandil blanco y blanco gorro en forma de barquito blanco. Todo su ser emana y evoca harina, huele a levadura. Verlo es robarse un pedacito de los secretos que acontecen en las mesadas junto a los hornos del otro lado de la puerta. Por lo menos ahora sé quién pudo haber amasado. Su edificio rodante parece no traer mi pan pero sí está lleno de donas, y entre ellas las hay con grageas de colores (chochitos para los amigos). Las pinzas se apoderan al pasar de un ladrillo, un volcán, un ojo de buey y diez antojos más que sus nombres sabrá el panadero pero no yo. Luego una dona de estas, otra de aquellas y, por supuesto, la de chochitos que acomodo arriba de todo.


Las pinzas aplauden: la charola no puede estar más contenta y yo tampoco. Ya no importan los garibaldis, otro día será.




viernes, 10 de julio de 2009

La siesta

La Tía Amapola descansaba tranquila en la hamaca. Ahí, acostada a la sombra de los árboles del rancho, el calor se hacía menos. Caía bien tomarse unos días en la sencillez del campo: el horizonte claro, la naturaleza rústica y la casi soledad era lo que necesitaba para descansar de sus mil doscientos alumnos que tanto le exigían de lunes a viernes y de su madre que nunca en la vida supo darle tregua.

Ahí estaba, sola y tranquila entregada al arrullador sonido de los pastos meciéndose con el viento cuando un cascabeleo escalofriante se sumó al paisaje. La Tía Amapola abrió de golpe sus ojos y, dejándose llevar por algún adormilado instinto yaqui, los fue llevando hacia donde provenía el ruido. Con el cuerpo duro y el cuello torcido, se topó con lo insospechado: ahí, a veinte centímetros de sus carnosas caderas, descansaba con ella una víbora cascabel. No le hacía falta demasiada experiencia como para darse cuenta de que si ella intentaba incorporarse, esas carnosas pompas serían la puerta de entrada para el fatal veneno. Así que ahí se quedó, quietecita, aterrada y sola esperando el milagro de que alguien se apareciera.

De pronto, como un gran golpe de suerte, pasó no muy lejos de ella un campirano a caballo: Era uno de los peones del rancho que se encargaba del ganado que ya había visto un par de veces cerca de la casa. No se animó a gritar, no quería levantar la voz o algún movimiento brusco que pudiera despertar la amenaza que tenía debajo. Así fue como,, acostada como estaba, le chitó al hombre del sombrero:

-¡Pst, pst!

Primer intento fallido. Repitió la voz:

-¡Pst. pst!

Esta vez el charro se percató del sonido y buscó a quien le llamaba con tan inusual discreción. Descubrió, allá debajo de los árboles y echada en una hamaca, a una señora de mediana edad con una indiscutible pinta citadina. La señora le dedicaba una tímida sonrisa mientras se llevaba el dedo índice bien derechito al frente de la boca pidiéndole silencio. Una vez que aquietó al caballo, la dama retiró el dedo de su boca y formó con él un ganchito que se abría y cerraba como cuando alguien quiere decir “ven, ven, ven”. El campirano no podía creer su suerte, ¿de verdad debía acercarse y aceptar la invitación que la exótica mujer de hacía?

El hombre no reaccionaba con la rapidez que esperaba la Tía Amapola y no podía dejar que simplemente se siguiera de largo, ¡porqué no se bajaba del caballo! ¡Más información, necesitaba darle más información: Llevó por encima de su cuerpo el mismo dedo bien estiradito hacia la altura en la que se encontraba la víbora: la parte baja de su cadera. Luego, para indicar de qué bicho se trataba, metió y sacó repetida y rápidamente la lengua, Estaba tan orgullosa de su capacidad histriónica y tan segura de que todo llegaría a buen puerto que volvió a repetir una y otra vez, en una forma suave y rítmica las instrucciones con el dedo: avance en silencio, mire que debajo de mío tengo una víbora.

El desconcertado jinete vio pasar su vida en tres segundos. ¿Aquella mujer de falda ceñida, y pelo pintado podría estar proponiéndole a él, un hombre sencillo de campo, que le hiciera favores orales en tierras del patrón? ¿no estaba él para servir y obedecer? ¿el problema sería negarse o el problema sería el complacer? Muy lentamente bajó de su caballo y sin terminar de resolver sus dudas se fue acercando de a poquitos.

Su mente se despejó de golpe cuando la distancia se acortó lo suficiente como para descubrir que entre los pastos, justo debajo de ella, una víbora de cascabel tenía de rehén al la fuereña. Sintió los colores explotar de vergüenza en su cara y arremetió para salvar a su fugaz doncella de aquel maldito dragón rastrero.

jueves, 26 de marzo de 2009

Conversando

Cuando me agarra el insomnio y quedo horas acostada en el silencio de la oscuridad esperando a que amanezca, pienso mucho.

Anoche tuve insomnio.

Pensé que a mi me gusta conversar, ¡me encanta conversar! Lo creo un pasatiempo sumamente enriquecedor. Y cerrar el día conversando es hacerlo con broche de oro: un buen encuentro tiene el poder de dale la vuelta al universo, formular preguntas, encontrar respuestas o simplemente inspirarse, relajarse, recordar, olvidar… al fin y al cabo, los resultados son tan infinitos como los posibles temas!

Anoche, con los niños ya en la cama, Tom y yo nos tomamos un vinito e Iván acaparó la conversación. Lo describimos de pies a cabeza, lo reconstruimos en toda su constitución, lo hicimos palabra y la boca se nos hizo agua. Mi chiquito de cuatro añitos es largo, flaco y corrioso (divina palabra que no encuentro en el diccionario). Su cuerpo expresa a la perfección la cantidad de energía que carbura. Es ágil, movedizo, inquieto, escurridizo, curioso. Necesita mucho espacio y poca cosa para entretenerse. Todo lo quiere YA y no para hasta lograr sus objetivos. No llega al grado se ser hiperactivo (creo), más bien es un niño que vive con mucha, pero mucha intensidad. Su tiempo es el HOY – AQUÍ – AHORA. Parece que su misión de aprendizaje en la vida es la espera, la paciencia, el darle tiempo al tiempo, el lidiar con la frustración.

El caso es que cuando hablábamos entre babas de sus piernitas zambas y sus manotas, Tom lanzó un pronóstico:

-Iván va a ser muy grande, muy alto

Hay veces que las visualizaciones te pasan por el costado. Ésta vez más bien me chocó de frente: imaginé a Iván hecho y derecho, un muchachote de 18-20 años, grande y alto frente a mi. Me sentí mirándolo para arriba y tuve la fortuna de inclusive sentir su abrazo: ¿Mi hijo un hombre alto y grande? Me entregué a ese sentimiento de ser cobijada… algún día este chiquitito escurridizo aprendiz de Joudini al que tengo que amarrármelo entre mis piernas para ponerle los zapatos y que no se me escape, va a ser mas grande, mas alto que yo…¡más grande que yo! Dios conserve la ternura de mi niño porque muero de ganas de que me la regale cuando yo sea más chica que él!

lunes, 23 de marzo de 2009

La Malinche

La Malinche

La Gran Tenochtitlán vestía de luces y se había adornado con sus mejores joyas. Ríos de serpientes blancas y rojas la envolvían en un abrazo amorosamente asfixiante. Eran las 7:30 pm de un viernes en la ciudad más grande del mundo: mi cuna.

El viaje había sido insuperable: tomé vino, comí salmón, escribí, conversé con mi vecina y no llevé a nadie al baño, ni me preocupé de oídos adoloridos por descompensaciones, ni de pleitos por sentarse en la ventana. Estaba sola, sin hijos o marido, sola sobrevolando la Ciudad de México, mi México saturado, extremo, caótico y familiar.

Mi pecho no podía estar más hinchado de tanta felicidad, de tantas expectativas, de tanto alivio… de tanto alivio. Un gentío en la nueva terminal me acompañó y recibió. Presentar el pasaporte, rescatar las maletas, cambiar dólares y tomar un taxi para atravesar la ciudad y llegar a casa la casa materna era todo un placer porque era ahí donde sería hija, hermana, prima, sobrina o amiga sin que entrara en juego mi ser mamá o esposa.

Mi Malinche interior regresaba un poco más extranjera, un poco menos mexicana, un poco más mujer. Luego de 15 años viviendo fuera y tres sin pisar La Laguna, mis expectativas eran muchas y ninguna a la vez. La amabilidad del mexicano, su sonrisa, su jugueteo constante, su alma de niño herido se manifestó en cada persona con quien me encontré hasta subirme al taxi.

- ¡Buenas noches, joven! ¿Cuánto le calcula para La Herradura? ¿Hora y media? ¿dos? ¿más?

- No Señito, ¡en media hora!

No pude más que reírme y sacarle conversación: el camino a casa un viernes a las 8 de la noche sería largo. Le conté que había tenido la intensión de hacer una escala en el recorrido y comerme unos taquitos con el que condujera el taxi que me llevara a destino. Le hice saber que nuestra cita gastronómica se había frustrado antes de nacer por órdenes explícitas de la Jefa Mayor de llegar derechito a casa: ella se encargaría de que mis antojos no se quedaran sin cumplir.

Entonces me recomendó lugares a los que él ya no me acompañaría: “El borrego viudo” para los tacos al pastor, “El cochinito” para las carnitas que me en teoría me comería en Xochimilco y otros tantos más. Yo escuchaba a ese buen hombre con las glándulas salivales. Mientras, mis ojos querían salirse del auto y brincar como canicas sin perderse detalle de los cambios sucedidos en tantos años… ¿vería el segundo piso del periférico? ¿qué nuevo centro comercial le habría dado un toque mas moderno a la ciudad? ¿Qué caminos me llevarían a qué recuerdos?

Mientras tanto, la ciudad se abría casi silenciosa ante mis pies, haciéndome sentir que era ella la que me esperaba a mí y no al revés. Los ríos de serpientes se emplumaron ligeros y fluían en armonía, los autos eran gotas del mismo caudal y juntos avanzábamos en un delirante baile. Como la escena bíblica de Moisés ante el mar, el tráfico se abría y comenzaba a creer en que la estimación del taxista había sido correcta. Pasamos por la casa de mi amiga Camila, por el súper donde mi mamá compraba mis pañales, por la calle Fresnos y tantos otros lugares cargados de significados.
Cuando el chofer y yo de dimos cabida al silencio, comencé a tejer hipótesis, a soñar coincidencias, a desear encuentros, a imaginar conversaciones sensibles, conversaciones inteligentes, conversaciones reveladoras. Comencé a concientizar el valor del tesoro que tenía en mis manos: una libertad generosa, palpable, medible y por tanto tan real como concreta: 10 días-
Comencé a sentirme empoderada, capaz, madura… tan dueña de mi misma como para entregarme al disfrute de intimidar a derroche con mis quereres.
Llegué a buen puerto en 35 minutos: un milagro Guadalupano que bañaría con la misma magia cada uno de los momentos que se sucedieron una vez que crucé la puerta y abracé a mi mamá.
Soraya
Montevideo, 19 de marzo del 2009