viernes, 4 de noviembre de 2016

Amor eterno

Ahora sí que la regaste, flaquita... ¿cómo se te ocurre llevarte así nomás y sin aviso al mero mero petatero? ¿O me vas a decir que a ti no te endulzaba el oído y te calentaba la poquita alma que te queda al oír sus canciones? A que se te ponía todita la piel chinita cuando cantaba Amor eterno y hasta te daban ganas de regresarle  a su mamacita aunque fuera un ratito, sacarla de su sepulcro  nomás pa’ que le diera ese beso y tal vez borrarle su más triste recuerdo de Acapulco... Y no se me olvida que eres puro hueso, pero estoy segura de que él te devolvía el cuero por un ratito. Yo sé que él hacía que te sintieras vivita y coleando cuando se meneaba por el escenario revoloteando esa copa de vino por los aires al son del mariachi.

               En serio que ya ni la friegas, te hubieras aguantado un poquito, lo hubieras esperado a ver si se ponía a dieta o al menos aguantarte a que yo pudiera ir a un concierto suyo. ¡Híjole! Es que ninguno como mi Juan Ga para acompañar los buenos y los malos ratos, ninguno igual para esos días en que amaneces con planes de comenzar llorando y terminar bailando. 

               Pero pensándolo bien, yo creo que te va a salir bien escurridizo tu muertito, ni te creas que te lo vas a poder quedar toditito para ti así como así, porque su música nomás no es cosa que tú te puedas llevar. Metiste la pata porque quién sabe qué titipuchal de versos pudo seguir escribiendo, cuántas canciones se le habrán quedado atoradas en el cogote y nosotros acá, de este lado, sin chance de saborearlas.

               No, no se vale que me haya amanecido con esa noticiota, los ojos ya los traigo como sapo de tanto llorarle y apenas me sobra un hilito de voz por todo lo que he cantado. Desde tempranito arranqué a poner sus discos: ya regué mis plantitas, ya fui al mercado, barrí, pasé trapo, fregué la cocina, hice la comida y la cena, lavé la ropa y todavía ni me los acabo. 

               Por acá pasaron la Lupe y la Chela tan desconsoladas y lloronas como yo, nomás pa’ juntar las penas y hacerlas menos. El Pancho se fue bien achicopalado al trabajo, ya ni quería ir, nomás se quería quedar acá tristeando pero ni modo de no ir a chambear. En el mercado, hasta Don Fermín lloraba a moco tendido arriba de sus tomates, parecía la viuda el muy bigotudo. Ahí le pasé el último Kleenex que me quedaba y yo, que estaba tan desconsolada, lo consolé. 

               Ora sí que la Virgencita de Guadalupe tiene competencia, a mí se me hace que le voy a comenzar a rezar, porque mi San Juan Gabrielito me hacía el milagro de hacer que las lágrimas me supieran a puritita miel. Con permiso o sin permiso del de arriba, yo voy a hacerle su altar acá a lado de mi morenita porque se lo merece, porque sonaba como un ángel el muy desgraciado. Ya le compré sus rosas, unas de a de veras y otras de plástico para que le duren. Dice la Lupe que ahora que tenemos papa que habla español, podríamos escribirle al Vaticano a ver si lo pone aunque sea de beato. Porque de que hizo milagros, los hizo.

               Y si te queda alguna duda, flaca condenada, pregúntale a todos los mexicanos a ver si no tengo la razón.

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